Prejuicios

José Varela

FERROL

La historia se repite. Con variaciones, ora imperceptibles, ora escandalosas, pero se repite. En el fondo y en la forma: en la injusticia y en el sarcasmo. Ahora es el impulso al parque empresarial de Leixa el que está en solfa, pero podría haberse tratado del tren a Caneliñas, con el que el proyecto tiene tantas concomitancias, o de la rehabilitación de Astano como astillero, o el saneamiento de la ría. En fin, nada nuevo, en cualquier caso.

La coartada es, una vez más, diabólicamente perfecta: si Ferrol reclama un trato equitativo, resulta que ya está reiterando su permanente victimismo y su inconfesado afán de vivir de la sopa boba a cuenta de los impuestos de los laboriosos españoles -o, alternativamente, de los europeos-. Si la situación comparativa de Ferrolterra con su entorno y el país ya era desigual, en un contexto de depresión como el actual deviene crítica. En estas circunstancias, la eterna salmodia de los expertos (léase altos cargos de la Administración; léase situación económica a salvo de incertidumbres coyunturales) de que la ciudad debe desarrollar su propia estrategia para luchar en un mundo competitivo, libre, globalizado y abierto suenan como la negativa a dar pan a un hambriento con el pretexto de que puede provocarle acidez de estómago.

No he tenido oportunidad de haber conocido a un solo representante de la ciudad que se haya amilanado ante el desafío de dar la batalla por Ferrol en cualquier terreno.

Sin embargo, sí he conocido a muchos que han sugerido que, cuando menos, se les proporcionasen las mismas armas -siquiera unas semejantes- que las de sus competidores para medirse con ellos. Fernando Alonso, hace unos días, pulverizó en Cheste los tiempos de sus adversarios, después de un campeonato 2009 para el olvido. Alonso sigue siendo el mismo piloto frío, listo y valiente de siempre. Tal vez haya tenido algo que ver que en esta ocasión llevaba en sus manos un Ferrari. Ferrol no pide tanto.