Tras las truchas y las perdices

TEXTO Beatriz Antón FOTO José Pardo

FERROL

El padre comenzó a cazar cuando era un crío, «de morralero», y se enganchó «desde el primer día»; a su hijo la afición le tira sobre todo por los perros

17 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

En la casa de los Zaera, la caña y la escopeta siempre han ocupado un lugar privilegiado. Su afición a la caza y a la pesca se remonta muchos años atrás, cuando el palo de esta historia, con apenas ocho años de edad, echó por primera vez el anzuelo en el río Baxoi, en Miño. «Mi padre, que era maestro allí, siempre me llevaba a pescar con él. Por aquel entonces el material era muy costoso, además de difícil de conseguir, así que yo hacía mis propias cañas con varas de sauces o abedules», explica Pascual Zaera tras sus gafas y con las manos apoyadas en el bastón. «¿Y sabes cómo fabricaba los anzuelos?... ¡Pues doblando unas agujas!», interviene su hijo Alejandro sonriente. Pascual asegura que lo suyo con la pesca fue un auténtico flechazo -«me envicié desde el primer día-, como también lo fue su afición por la caza menor. «Empecé igual que con la caña, cuando era muy pequeñín, de morralero , y acompañando a mi padre a los montes de las parroquias de Trasdoroña, Viadeiro, Benantes...». Mientras saborea un cigarrillo en el café Portuarios, en Ferrol Vello, Alejandro cuenta que su padre le solía «robar» la escopeta de cartuchos a su abuelo, para capturar sus propias piezas como si fuese un hombre hecho y derecho. «Eso le valió muchas riñas, porque luego, al masticar la comida, mi abuelo se encontraba siempre con los perdigones entre los dientes y se ponía como una furia», apunta el hijo de Pascual entre risas. Aunque las primeras veces que salió a pescar y cazar lo hizo con su padre, Alejandro cree que la afición «no se transmite», sino que «se nace con ella». Prueba de ello es que, de los seis hijos que tiene Pascual -dos chicos y cuatro mujeres-, él es el único que siente una atracción irrefrenable por los ríos, y sobre todo, por el monte. «Mi primera escopeta de balines me la trajeron los Reyes Magos a los once años, y a esa edad yo ya andaba con ella en busca de codornices por la sierra de Los Molinos, en Madrid, donde me crié», recuerda Alejandro regresando a los tiempos de su infancia. También por aquel entonces le gustaba echar el anzuelo en el río Guadarrama, que luego cambió por As Forcadas cuando a su padre lo destinaron a Ferrol. La conversación sigue su curso y la charla va saltando de la caza a la pesca incesantemente, sin parar, como si fuese una pieza escurridiza. ¿Es que el cazador siempre oculta a un pescador en su interior? «No siempre es así, pero suele ocurrir, porque al final y al cabo de lo que se trata es de estar en contacto con la naturaleza, compartiendo la afición con los compañeros y reuniéndose después para comentar la jugada», apunta Alejandro. Frente a las críticas que siempre despierta la caza entre algunos colectivos, Pascual contraataca asegurando que su afición no consiste solo en matar y que el «buen cazador es el mejor ecologista», porque se preocupa mucho de cuidar su entorno. Y Alejandro, que cría a sus propios perros de caza - Babilona , Aroa , Ares y Nemo -, aporta refuerzos asegurando que a él le basta con abatir una o dos piezas para regresar a casa satisfecho. «Para mí, lo más bonito de todo no es disparar, sino ver cómo los perros disfrutan en el monte. Si yo cazo no es por mí, sino por ellos».

De sus presas, para la mesa, Pascual se queda con el conejo, y Alejandro, con las codornices. En cambio, las capturas de la caña no les vuelven locos, aunque Josefina, madre del segundo, obra a veces el milagro. «Sus truchas frititas con bacon están buenísimas», dice Pascual sonriente.