La estatua de Franco ha vuelto a hundirse en la polémica. Las discusiones, debates, opiniones que caldeaban ayer Ferrol al hilo del asunto se daban de bruces con la realidad de la efigie del dictador en el Patio de Poniente del Arsenal que, por la mañana, se encontraba desierto. Jinete y caballo no recibieron visitas.
Desde las doce y cuarto a la una del mediodía de un martes lluvioso y gris plomizo nadie se acercó a ver la pieza o a tomarle fotografías. El bullicio del primer año tras el traslado desde la plaza de España se ha perdido. La efigie del dictador y su montura pierden sus miradas hacia el interior del Arsenal más solos que la una, que se suele decir.
En esa franja de tiempo, el silencio del espacio solo lo rompía un goteo de personas que se desplazaban por el recinto pero al interior de las instalaciones. Nadie se paraba frente al tan traído y llevado cabalo. Si se esperaba algún tipo de aglomeración para sacarse la última instantánea con la efigie del dictador, no se produjo.
¿Un curioso?
De repente, una persona se plantó frente a la estatua y sacó su pequeña cámara de fotos. ¿Un curioso? ¿Un nostálgico? No. Aseguró ser un marino de la dotación del Patiño que estaba tomando imágenes del barco, en obras justo detrás de la pieza ecuestre. Ni ahí el Franco de bronce ni su corcel tuvieron suerte.
Fuentes del complejo de Herrerías señalaron que la situación es la tónica habitual de una mañana de día laborable. Son muy pocos los que, durante la semana, van a echarle una ojeada a la polémica pieza, que ofrece una imagen mucho menos mayúscula que cuando se encontraba en la plaza de España. Pierde sin el pedestal.
Aún así, siempre según las mismas fuentes, conserva su público. Señalan: «Un sábado por la mañana, por ejemplo, pueden venir unas seis personas a ver la estatua o a hacerse fotos». Su época de mayor tirón como reclamo turístico coincide con Semana Santa y los meses de verano.
¿Cuál es el motivo? Los usuarios de viajes organizados que tocan las instalaciones culturales del Arsenal, «grupos de cincuenta o sesenta personas», suelen aprovechar que la pieza se encuentra en el recinto para inmortalizarse junto a ella. «En algunas ocasiones hasta se llegan a formar colas».
El perfil tipo «es gente de edad avanzada y, en muchos casos, ni siquiera saben que la estatua se encuentra aquí ni que era la que había en la plaza de España, y por eso se sorprenden, más que por otros motivos».
En definitiva, mucho ruido fuera del Patio de Poniente y, dentro, otro tanto de silencio en torno a la efigie del dictador. Un llamativo contraste.