Ángel Menéndez lleva más de medio siglo vinculado a la iglesia de Santiago de la parroquia mugardesa; su hija Cecilia es monaguillo desde hace diez años
15 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Ángel Menéndez atesora más de medio siglo de vinculación con la iglesia de Santiago de Franza, en donde siendo solo un niño empezó de monaguillo. Pese a que por su profesión de militar estuvo destinado fuera de la comarca en varias ocasiones, nunca dejó de colaborar estrechamente con la iglesia cuando regresaba a su tierra. Desde hace seis años, al pasar a la situación de reserva, su dedicación al templo parroquial es constante. «Todos los días voy a la iglesia para hacer los prepararativos de la misa, y también de los funerales o entierros, si los hay», explica Ángel, a quien conocen también como Gelín . «Además, siempre encontramos pequeños trabajos que hacer, como cambiar una bombilla o reparar algo», afirma.
Las grandes celebraciones de su familia, con su mujer, sus tres hijas y otros tantos nietos, están pues relacionadas con este templo, en el que solo atravesar la puerta se aprecia la dedicación y el cariño con el que Ángel Menéndez se vuelca en sus tareas, que realiza de forma completamente altruísta. No obstante, matiza que los cuidados de la parroquia no son solo obra suya. «Aquí la gente se preocupa mucho. Todas las semanas viene un grupo de mujeres que se encargan de la limpieza y la iglesia hace un año que se pintó», explica. También alude a la mano del párroco, Carlos Mato, cuya preocupación constante por la buena conservación del templo lo llevó a pintarlo, cubrir el presbiterio y arreglar los altares de la Purísima y del Carmen.
La astilla de esta historia, Cecilia Menéndez, es la hija más pequeña de Ángel, y la única que ha seguido sus pasos, que mantiene una vinculación muy estrecha con el templo. «Los monaguillos siempre fueron niños pero de unos años para aquí también revestimos a las niñas los domingos cuando se celebra la misa», explica Ángel. «Mi padre me preguntó si quería y yo le dije que sí, que me gustaba», recuerda Cecilia. Entonces tenía diez años y ya suma otros nueve más, aunque está dispuesta a continuar otros muchos apegada a su templo parroquial.
«Ayudo en el altar, echo el agua en el cáliz y llevo la bandeja para la comunión», explica la joven monaguillo, quien asegura que le gusta especialmente participar en la procesión del Día de Santiago. A su padre, sin embargo, le sale la raíz marinera y se decanta por la del Carmen, que además es marítima. «Te emocionas cuando vamos en la lancha y hacemos un homenaje a los que murieron en la mar», recuerda.