El viejo castro que corona uno de los más bellos paisajes ferrolanos volvió a llenarse ayer de vida, como si viajase en el tiempo para romper su silencio
23 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Se ha dicho ya, y además con frecuencia, que San Xoán de Esmelle, la parroquia ferrolana galardonada por haber sabido hacer del cuidado de su patrimonio un motor del desarrollo rural, posee un paisaje de especial belleza. Pero la repetición no hace que esa afirmación sea menos cierta. Y conviene recordarlo ahora, cuando acaba de celebrarse una nueva edición de su romería castrexa. Una fiesta que tiene por escenario el que quizás sea uno de los pajares menos conocidos de Esmelle: su castro. Un castro que antaño, cuando lo habitaban aquellos que no conocían la lengua de Roma y que sabían leer el futuro en las estrellas, resultaba sin duda bastante más visible. Pero que hoy la expansión del eucalipto ha convertido poco menos que en un secreto. Digamos, si les parece, que en un hermoso misterio.
Algunos de los primitivos pobladores del castro -los de carne y hueso, quiere decirse: no las hadas y los nocturnos seres mitológicos que acabaron instalándose en él cuando la población de a pie fue buscando lugares nuevos- también acudieron ayer a la fiesta. Y no es que resucitasen, claro, que esa es cosa complicada e infrecuente, y que además sin duda debe de llevar su tiempo. Sino reencarnándose, que es prodigio algo más sencillo, aunque no por ello deja de tener su mérito. Así, entre los castrexos que allí estaban, vestidos para la ocasión, como corresponde, y sin que ni un detalle les faltase en el reglamentario atavío -dignos, todos ellos, de sentar plaza en propiedad en el mismísimo poblado de Astérix- se encontraba a uno que hasta se parecía a Manuel Lorenzo Ramos. Y algún otro que presentaba rasgos muy parecidos a los de Rafael Beceiro.
«Exemplo a seguir»
«¡Esmelle é un exemplo a seguir...!», exclamó, en su pregón, el periodista José María Gómez Fandiño, que durante su alocución, desde el palco de la música, también remarcó que la parroquia que ayer celebraba su romería castrexa es un «referente» en materia de protección del patrimonio. Después, mientras la comida iba cogiendo color sobre las brasas, la espera era amenizada por la música de la gaita de Antón Varela, un clásico. Y hablando de gaiteros, también andaba por allí, como cada año, aunque en este caso sin gaita, Xoán Silvar, enamorado de las cosas de Galicia donde los haya. No faltó tampoco el alcalde, Vicente Irisarri. Ni el concejal de Deportes, Manuel Santiago, que lo acompañaba.
(Ni mucha gente amiga que allí estaba, y que tampoco quiso perderse una fiesta que, como casi todo lo de Esmelle, es entrañable. Personas que uno querría citar aquí, claro, pero cuyos nombres, que ya están escritos en el corazón, en cualquiera caso, harían el relato interminable, a fuerza de ser tantos...).
Lo peor de ayer -y es que nunca ha de faltar, por pequeña que sea, una pega en estos casos- fue, ya se sabe, el tráfico. O quizás no sea esa la palabra, tráfico, porque el problema no estuvo en la circulación, sino en todo lo contrario: en lo que a aparcar atañe. Y no por culpa de los organizadores de la romería, precisamente, que buen cuidado tuvieron en establecer una vía de entrada al lugar y otra de salida, además de zonas reservadas para el estacionamiento. Sino porque nunca ha de faltar, en este nuestro Viejo Reino de Occidente, quien quiera dejar el coche a tres pasos de su destino... para que no quede a cuatro. Caiga quien caiga, ya me entienden. Pero eso fue lo de menos, de todas formas; casi ni una anécdota, en el balance de una jornada que sin duda contemplaron, desde el interior de la tierra, los seres que custodian subterráneamente los tesoros más secretos.