Una música contra la soledad

Ana de Antonio

FERROL

Tras pasar 34 años en Alemania, un gallego instalado en Mañón ha creado un ?coro de una veintena de vecinos de Grañas do Sor; la media ronda los 65 años

05 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Para ellos es mucho más que una clase de música: es una cita con la ilusión y el entretenimiento que les ayuda a despertar las ganas de que llegue cuanto antes el día de volver a encontrarse alrededor de una pizarra de pentagramas. Cerca de una veintena de vecinos de la parroquia de Grañas do Sor, en el Concello de Mañón, se reúnen para pasar un buen rato y, de paso, seguir descubriendo metas nuevas. Tienen una media de 65 años y dos días a la semana se juntan en el centro social Gransor para seguir dando la nota en el coro polífono que formaron hace casi tres años.

En una zona habitada por cerca de 70 viviendas y en la que reina la dispersión geográfica, la cita, dos veces a la semana, con la música supone para los vecinos de Grañas una importante válvula de escape. De hecho, todos coinciden en que les gustaría ensayar no dos veces por semana, sino todos los días.

Un motivo de reunión

«Si no fuera por el coro no nos veríamos», comenta el grupo de sopranos. Y es que, además de cantar, introducirse poco a poco en el mundo de las notas y aprender canciones populares que luego interpretan en centros sociales de Mañón y concellos limítrofes -hasta amenizaron una boda en Cedeira-los disciplinados coristas de Grañas aprovechan para alargar la cita. Las mujeres, mayoría en la agrupación, llevan pasteles, pastas y café; todo lo necesario para disfrutar del regusto que les deja volver a reunirse y comprobar que los esfuerzos tiene sus frutos.

Eladio Bajón tiene 74 años, pero disfruta de los ensayos como un principiante. «Hace tiempo nos quitaron la cantina, así que como nos quiten esto ya no sé qué vamos a hacer», explica en un descanso. «Saber que tenemos que venir a ensayar nos hace mucha ilusión. Somos muy puntuales», dice. Más aún en una aldea «bastante aburrida» en la que, además, «la televisión no se ve bien, hay muchas interferencias». Algunos acuden con sus esposas, otros se adentraron solos en este mundo.

Un inquieto de la música

Un mundo que provocó Carlos Caramés, un músico gallego de 57 años que pasó 34 en Alemania estudiando la materia. Hace ocho tuvo ganas de regresar a su tierra y decidió instalarse en Mañón. Pero como «con esto de la música no me puedo estar quieto», reconoce él mismo, «decidí animar a los vecinos a montar un coro después de fundar la Escuela de Música de Ortigueira», asegura.

Recuerda que los primeros días «venían con mucha vergüenza y cuando les mandaba que cantaran no lo hacían». Ahora, casi tres años después, «funcionan muy bien y acuden con mucha ilusión». Una ilusión que les ha hecho mejorar su estado de ánimo, según explica la soprano Leonor González: «Nos sentimos más contentas». También ha mejorado su «memoria y autoestima», comenta Caramés. Los componentes del coro saben que si su director pudiera, ensayarían más días a la semana. Pero es que este inquieto de la música, además de dirigir a los mayores del lugar, también construye claves. Vende entre una y dos al año a clientes del mundo entero; el precio del instrumento oscila entre los 6.000 y los 36.000 euros.

Sin vacaciones

Tan entusiasmados están con el coro que han decidido renunciar a las vacaciones. Y es que la música ha conseguido «hacer grupo», unirles más allá de los ensayos y recuperar la ilusión que da comprobar que llegados a la tercera edad pueden seguir dando el callo en una actividad que les ha devuelto la ilusión.