Bomberos que no se creen héroes

TEXTO Beatriz Antón FOTO José Pardo

FERROL

Se las tienen que ver con fuegos, inundaciones y accidentes, pero ellos no se consideran valientes. «Solo hacemos nuestro trabajo», dicen tan campantes

03 nov 2008 . Actualizado a las 14:06 h.

Más que bomberos, para mucha gente son auténticos héroes urbanos. Ángeles anónimos que a veces se juegan la vida para salvar otras. Pero Manuel Abad Maceiras y su hijo Rubén no se ven para nada así. Y enseguida se apresuran a desmontar el mito.

«Para ser un bombero no hay que ser un superheroe, solo una persona normal, con sentido común, coherente, y que a veces también tiene que tener sangre fría», dice Manuel. Rubén escucha las palabras de su padre y le da la razón a pies juntillas: «¿Héroes? ¡Qué va! Eso es solo una fantasía; es cierto que hay que tener cierto temple y una buena preparación física para trabajar en situaciones difíciles, pero un bombero no puede ser un suicida, porque, si no te controlas, no solo puedes poner en peligro tu vida, sino también la de tus compañeros».

Padre e hijo trabajan juntos desde hace cinco años en el cuerpo ferrolano de bomberos y ambos confiesan que llegaron allí casi «por casualidad». Manuel recuerda que la primera vez que condujo un camión contraincendios fue en el año 1991. Hasta entonces había trabajado como chófer en el departamento de Obras del Ayuntamiento, pero una reestructuración en los servicios municipales hizo que terminase en el parque de A Gándara. «Al principio tenía mis dudas, no sabía si me iba a gustar el cambio, pero enseguida me adapté y no tardé en sentirme bien en el trabajo», cuenta Manuel retrocediendo casi diecisiete años atrás.

A Rubén le pasó algo parecido. A pesar de que desde pequeño mamó el trabajo de su padre, nunca imaginó que seguiría sus pasos. Tras estudiar un ciclo formativo de electrónica, el hijo de Manuel quiso dar el salto a la Universidad. Sin embargo, en la Politécnica de Serantes enseguida se dio cuenta de que eso le llevaría más años de los que él había previsto. Y Rubén no estaba dispuesto a esperar. Así que se preparó para los exámenes «de la Bazán», y como no entró, decidió probar suerte como bombero. Lo suyo fue dicho y hecho, porque en poco tiempo consiguió pasar las pruebas.

Ahora que ya llevan varios años en el clan, tanto él como su padre opinan que tienen un buen oficio. Un empleo que les permite trabajar para vivir y no al revés. Su jornada laboral los mantiene amarrados al pie del cañón 24 horas seguidas, pero, después de la faena, pueden disfrutar de cuatro días de descanso. Ésa es la cara buena. Pero también hay una mala. «El tiempo libre está muy bien, sí, pero el sueldo ya es otro cantar», advierte Rubén. «Es cierto -apostilla el padre-; los bomberos estamos bien valorados por la sociedad, pero yo creo que por los políticos no tanto».

Sin embargo, los dos reconocen que el trabajo les da grandes satisfacciones. El padre recuerda de forma especial aquella vez que acudió a un accidente, y nada más llegar, se encontró a un amigo de su hijo dentro del coche. «El alma se vino a los pies, porque el chico estaba muy mal, fatal, pero al final consiguió salvarse, y ahora, siempre que me ve, viene a agradecerme que lo sacásemos de allí», cuenta sonriente.

En ese mismo momento, a Rubén se le viene a la cabeza el rostro de una señora de unos sesenta y pico años, asfixiada por el humo, a la que él y sus compañeros consiguieron salvar de las llamas en su casa de O Inferniño no hace demasiado tiempo.

Manuel y su hijo están acostumbrados a luchar contra las inundaciones, sofocar incendios y hasta rescatar gatos de los árboles -ahí el mito responde a la realidad-, pero los dos coinciden en que «lo peor de todo, sin duda, son los accidentes». Y también tienen en común otra cosa: que siempre hablan en plural. Porque si de algo presumen los bomberos es de compañerismo. La «mafia de los Abad», como se refieren a ellos en broma sus compañeros de batallas, son parte de un clan que siempre trabaja en equipo. Entre las llamas o con el agua al cuello. ¿Héroes tal vez?