El barrio homenajeó a Maximino Souto, fundador de la cooperativa de viviendas
11 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.El emblemático barrio fenés de San Valentín vivió ayer una mañana marcada por la memoria, por el recuerdo y, sobre todo, por la emoción. Poco antes de las doce del mediodía, y a pesar de la fina lluvia, un numeroso grupo de vecinos se comenzaban a arremolinar en la plaza central. ¿El motivo? Un acto de reconocimiento a Maximino Souto Balado, presidente fundador de la cooperativa de viviendas del lugar, que se constituyó en 1967 con una directiva de diez miembros y que llegó a aglutinar a 1.200 socios. Trabajadores de la antigua Astano, en su práctica totalidad, que fueron capaces de dotarse de un núcleo de residencias que, en la actualidad, es todo un símbolo y un hervidero de actividad social, cultural y, en definitiva, comunitaria.
Fueron los propios ciudadanos del barrio, en colaboración con el Centro de Promoción Social San Valentín y del Concello de Fene, los que se encargaron de dar una lección de memoria reconociendo el trabajo de Maximino Souto y, al mismo tiempo, de sus colaboradores más cercanos. Desde ayer, un monumento en la plaza central recuerda esa labor. Fue descubierto entre las lágrimas de muchos de los asistentes, buenos amigos del homenajeado, en una ceremonia presidida por el alcalde, Iván Puentes, y la primera teniente de alcalde, Rita Couto, a la que también asistieron numerosos representantes de la corporación.
El protagonista
Pero las lágrimas no eran solo de reconocimiento y de cariño. También eran porque se echaba de menos a Maximino. La convalecencia por una enfermedad impidió que estuviera presente en el acto. Pero no faltó ni su familia ni su esposa, Irene Mariño Dapena, a la que se le obsequió con un ramo de flores y una placa conmemorativa. Y fueron, precisamente, sus palabras las que más hondo calaron entre los asistentes.
Fue tan breve como clara. Arrancó con voz entrecortada para dejar claro que «yo no voy a dar ningún discurso porque no estoy para esas cosas». Pero cumplió con el encargo que le había dado su marido esa misma mañana: «Me ha dicho que os agradezca mucho este homenaje que, para él, es también un homenaje a todos los primeros socios cooperativistas». «Que viváis siempre en paz, con alegría y en solidaridad», concluyó. Ovación cerrada, canto del Himno Galego, y, de inmediato, hilera de vecinos, paraguas en mano, para darle un abrazo a Irene y, a través de ella, transmitirle ánimos al homenajeado.
En el trasfondo de todo, como indicaban muchos de los presentes, el orgullo de haber convertido en realidad un anhelo difícil de visualizar allá por la década de los 60, cuando empezó a forjarse. El trabajo tenaz y continuado de muchos para darle forma a lo que hoy es San Valentín. Un lugar que no siempre ha estado ahí. De hecho, como recordó Iván Puentes, se trata de la parroquia más joven de Fene, pero que es «imprescindible» para entender el municipio, su perfil urbano y su clara vocación industrial.
A partir de ayer, un sencillo monumento en la plaza central del barrio recuerda ya cómo, cuándo y con el esfuerzo de quién empezó todo. Un justo reconocimiento.