El edificio recupera con todas sus piezas originales una de las obras ornamentales más singulares de la ciudad, la que conservó el escudo de la República en plena dictadura
09 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Las oficinas centrales de Correos eran ayer una sorpresa de colores. Y conste que no es esa una frase hecha, por más que lo parezca, sino el fiel reflejo de la realidad. El edificio situado frente al teatro Jofre, el que tiene, al sur de su fachada, la puerta del dique del Arsenal, y al norte el barrio de A Magdalena, ha recuperado uno de las obras ornamentales más singulares de la ciudad... e incluso de Galicia. Se trata de la muy espectacular vidriera, instalada poco antes de la guerra civil, que luce en su centro el escudo utilizado durante la Segunda República. Un escudo, por cierto, que el edificio conservó durante los largos años de la dictadura franquista. Y que ahora, completamente restaurados sus cristales, ha vuelto a llenarse de luz.
Concluida ya la recuperación de la vidriera, ayer se retiraron los andamios que la ocultaban por completo. Y conforme los andamios desaparecían, la sorpresa se iba haciendo mayor. «Es cierto que estaba aquí, pero es como si no la hubiese visto nunca; no parece igual», decía, a mediodía, un usuario del servicio postal, al tiempo que anotaba que «la luz que llega a través de estos vidrios es muy diferente de cualquier otra, algo distinto por completo». Para lo que hoy es el edificio de Correos (un auténtico icono del Ferrol urbano al margen de cualquier otro tipo de consideración), Rodolfo Ucha redactó un primer proyecto en el año 1917. Pero ese proyecto jamás llegó a llevarse a cabo.
El edificio, alzado entre los años 1934 y 1935, fue finalmente obra de Joaquín Otamendi Machimarrena, con quien habría colaborado -según algunas fuentes, entre ellas la propia documentación de Correos- uno de los más importantes arquitectos del siglo XX español, el gallego Antonio Palacios. Aunque en su estudio sobre el edificio, que en principio se llamó la Casa de Correos, el profesor José Ramón Soraluce Blond no hace constar más autoría que la del propio Otamendi. En cualquier caso, lo que ahora importa es que los trabajos de rehabilitación integral a los que ha estado sometido el inmueble han devuelto a la sede de Correos el esplendor con el que nació, fuese de quien fuese su primer diseño. Y aunque como ayer señalaba una de las trabajadores del edificio, la vidriera «ahora está unos tres metros más alta que antes», lo cieto es que «se ve mucho mejor».
La recuperación de la vidreira no solo se ha acometido manteniendo todas las emplomaduras originales, sino incluso la totalidad de los vidrios que componen la pieza. «Es que en realidad nunca se había roto ninguno -recuerda un veterano trabajador de Correos-. Habían estado a punto de caer cinco o seis, pero se retiraron a tiempo y los conservamos. Ahora están colocados de nuevo».
«Esto es parte de la historia de la ciudad», señala un habitual del edificio. «Todo el mundo sabía que en la vidriera estaba el escudo de la República, pero jamás lo quitaron. Fue el único lugar en donde pudo sobrevivir un símbolo como ese. En cierto sentido, fue como una ventana a la libertad. Una ventana que no brillaba a la altura de los ojos, pero sí sobre las cabezas».