«¡Rubia, así no gastas gasolina!»

Beatriz Antón beatriz.anton@lavoz.es

FERROL

Si nunca han utilizado el servicio de préstamo de bicis de nuestra querida ciudad, les animo a que lo prueben. Es increíble lo que pueden dar de sí veinte minutos de pedaleo: desde comprobar las cualidades y defectos del servicio hasta meter la rueda en un socavón o ser piropeada por un anónimo caminante al grito de «¡guapa!....» (algo que, por cierto, no me sucedía hace mucho tiempo). Todo esto lo digo por propia experiencia. Porque ayer al mediodía, animada por el sol y el calorcito que reinaba en el ambiente, decidí regresar a casa del trabajo dándole al pedal. Ni corta ni perezosa, me dirigí a Esteiro -donde se encuentra una de las tres estaciones de bicis de la ciudad- y, una vez allí, me hice con una de las tres únicas bicis que quedaban disponibles, lo que demuestra el éxito que está teniendo el servicio. Mi destino estaba en el puerto, así que decidí iniciar el trayecto por la avenida de Esteiro. Y no sólo porque era la primera calle que me quedaba a mano, sino porque, todo sea dicho de paso, es la única del centro de Ferrol que dispone de carril bici. Todo iba sobre ruedas (y nunca mejor dicho) hasta que me tocó cruzar al otro lado de la avenida, para desembocar en Las Angustias. Allí el empedrado me hizo rebotar varias veces sobre el asiento, y poco después, al intenter subir con la bici a la acera, casi arrollo al peatón del que les hablé al principio, el del piropo. Tras dejarlo atrás -y respirar aliviada, por no haberlo atropellado- sólo escuché, lejana, su voz: «¡Guapa, rubia, así no gastas gasolina! ¿eh?....».

Con una sonrisa de oreja a oreja, pensé para mis adentros: «Pues mira, sí, así me ahorro dinero en gasolina, no daño el medio ambiente con el dichoso CO2 y encima ejercito las piernas». Mientras cavilaba en esto, yo ya estaba pedaleando por la acera que discurre frente a Herrerías y, al querer cruzar, me di cuenta de que hay conductores a los que les importan un pepino los ciclistas. Simplemente no los respetan. Porque yo estaba allí, bien visible a sus ojos, pero aquella mujer hizo como que no me veía. Y pasó volando por encima del paso de cebra, casi rozándonme, como alma que lleva el diablo. Justo después pensé en ir a tomarme un aguita a alguna tasca de A Magdalena , para recuperarme del susto, pero me fue imposible. ¿Por qué? Pues porque en el precioso barrio del dieciocoho, el de la tableta de chocolate, no hay ni una sola estación para dejar aparcada la bici. Llegando a Ferrol Vello. Al llegar a la avenida Irmandiños , opté por continuar por la acera. Sin embargo, cuando estaba frente a la pescadería, decidí pasarme a la carretera para no molestar a dos mujeres que venían hacia mí con un carrito de bebé. CRASO ERROR. Sobre el asfalto, los vehículos volvieron a mostrarme su cara más fiera. En esa avenida no hay carril bici, ni tampoco arcén. Así que solo te queda pedalear lo más recto posible y encomendarte al santo al que le tengas más devoción. Porque como dice María , una de las ciclistas con las que me topé en el camino, algunos coches circulan por el centro como si «estuvieran en un ralli» y «es un auténtico peligro».

El paseo en bicicleta me guió entonces hasta la plaza de Ferrol Vello . Y allí me quedé estupefacta. Algunas de las casas abandonadas de la zona lucen ahora vivos colores. Azules, verdes, naranjas. Según me enteré después, el milagro lo obraron ayer un grupo de residentes del barrio, que tomaron la iniciativa y se pusieron manos a la obra para limpiar y pintar algunas de las fachadas más deterioradas del muelle. El presidente de la asociación de vecinos, Alberto Saavedra , me explicó que la iniciativa surgió para mejorar la imagen del barrio -«una manita de pintura nunca viene mal», advierte-, pero también, y sobre todo, como «acto de protesta» para que los políticos se tomen en serio la rehabilitación de Ferrol Vello y para que los ciudadanos se comprometan con su entorno. «La mejora de la ciudad debe empezar por uno mismo», dice Saavedra. Y, mientras pedaleo, pienso que tiene toda la razón.

Lo de explicarles mi paseo sobre dos ruedas -que, por cierto, terminó la mar de bien en la estación de bicis de Curuxeiras- me ha llevado más espacio del que pensaba. Así que voy a resumir las dos cosas que me quedan por contarles. La primera es que el campeonato gallego de peluquería canina que se celebra este fin de semana en Odeón está resultando todo un éxito. Y la segunda es que Francisco Torrente -que el próximo sábado estará en Ferrol para pronunciar el pregón de la Semana Santa- recibirá mañana en Madrid la Gran Cruz del Mérito Civil del Ministerio de Asuntos Exteriores. «Para mí ha sido toda una sorpresa, porque llevo ya más de un año fuera de servicio», me decía ayer encantado. Nuestras felicitaciones.