Reportaje | Cedeira, mucho más que un lugar de vacaciones , PROPIETARIO DEL URUGUAI Con sus puentes y sus percebes, la villa ya no es sólo un paraíso del veraneo: son varios los que partieron de la capital, montaron negocio y no se les pasa por la cabeza marchar
25 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.?i están jubilados ni en su mirada se atisba el mínimo signo de cansancio. Muy al contrario, el relax, la sonrisa y las bromas no dejan de salpicar sus conversaciones mientras se reúnen en el bar Uruguai. Sin embargo, uno por uno, Piti, Poli, Paloma, Félix y Pichi insisten en que a ellos el tren de la vida les ha apeado ya en la última estación: Cedeira. Todos ellos son de Madrid y, hasta hace poco, algunos solamente conocían el municipio como unos más de los cientos de veraneantes que se van cuando llega el otoño. Otros, ni siquiera lo habían pisado en su vida. Sin embargo, su historia comienza a ser singular cuando, un buen día, con las maletas cargadas de proyectos, sacan un billete de ida a la villa y se olvidan de todo lo que queda atrás. Han comenzado su aventura. Piti, una madrileña de ascendencia cedeiresa a la que algunos culpan de «meterles el gusanillo en el cuerpo para seguir sus pasos», dice que fue el trajín de una vida que discurría entre paradas de metro, semáforos y contaminación el que los trajo a la que denominan como «tranquilidad del pueblo». Con unas u otras palabras, todos le dan la razón y hablan de lo duro que resulta resistir «en una ciudad tan inmensa». Sin embargo, sus palabras se quedan en meros gestos y miradas cuando se les pregunta por qué, precisamente, todos ellos eligieron Cedeira: «¿Por qué?», dice Félix, «por esto». Precisamente, es en ese momento cuando el hombre mira hacia la calle, que a las tres de la tarde está tranquila y sin ruido alguno, y comenta: «Aquí se vive... se vive». Se vive, se respira, se disfruta o hay felicidad son palabras que salen a borbotones por el resto de las bocas sonrientes. Lo dicen y lo repiten varias veces aún cuando llegan las cuatro de la tarde y la mayoría tiene que irse porque toca empezar a trabajar. Todos ellos han abierto negocio ya en la villa y lo hicieron, precisamente, pensando en aquellas cosas que más echaron en falta en su anterior vida de veraneantes. Hay hosteleros, hombres de náutica o una empresaria del sector de la construcción. Pero un único deseo en voz alta: «Crear riqueza aquí y ser unos más».