El cerdo Antón deja de gruñir

FERROL

Reportaje | Espasante pierde una de sus grandes tradiciones Nadie se anima a formar parte de la comisión de fiestas que se encarga de conseguir un puerco para un sorteo, y que engordaba en la calle alimentado por los vecinos

09 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Gabriela tiene 43 años y que ella recuerde el cerdo Antón correteó siempre por las calles empedradas de Espasante. Una tradición de esas que nadie sabe cuándo empezó, que son de toda la vida, vaya, y que se ha perdido porque ya no hay vecinos que quieran hacerse cargo del cochino ni de llevar el peso de la organización de esa costumbre por la que Espasante era tan conocida por Galicia adelante. Gabriela Villasuso integró la última comisión de fiestas de San Antón, que dejó de existir este pasado verano porque nadie quiso asumir responsabilidades. El cometido principal de este grupo de vecinos era conseguir un puerco allá sobre finales de junio, siempre después de San Xoán, y soltarlo por las calles con un cencerro atado al cuello. El cerdo Antón solía pasar el verano a su aire, asomando su hocico por las puertas de las viviendas y engordando con la comida que le proporcionaban los vecinos. Y así todo el verano, para sorpresa y regocijo de los turistas que nunca tal habían visto. Hasta que llegaba el tiempo de plantar las patatas, a finales de octubre y principios de noviembre, y entonces Antón era recluido en una cuadra para evitar que hiciese fechorías en las tierras. Ahí aguardaba al 6 de enero, al sorteo del Niño, cuando la persona que poseía una rifa con el mismo número de la lotería se llevaba el cerdo a su casa. La mayoría de los que ganaba el premio optaba por embolsarse el dinero, que también era posible, porque después de convivir con Antón tantos meses pocos se sentían capaces de matarlo y comérselo. Entonces, los organizadores cogían al cerdo y lo vendían a un matadero. Esta historia se venía repitiendo año tras año. Hasta ahora. Gabriela dice: «Yo lo echo mucho de menos y la gente de fuera pregunta por él». A estas alturas del año, Antón ya estaría a buen recaudo en la cuadra de algún vecino caritativo de Espasante después de vagar durante todo el verano por las calles haciendo sonar su cencerro. Pero, unos por otros, la casa sin barrer. Quien más quien menos se echa las manos a la cabeza por la ausencia de Antón, pero nadie ha querido asumir responsabilidades. Todas las miradas se dirigen hacia el grupo de amigas de Gabriela. «Sí, alguna gente me dice por la calle que por qué no seguimos, que nos echan un cabo, pero no se trata de eso». La tradición manda y dice que los miembros de la comisión deben cambiar cada año. Pero también decía que sólo los hombres podían formar parte de la comisión. Y así fue hasta el año pasado. Cada 13 de junio, día del patrón, se elegían a cuatro hombres, dos casados y dos solteros. Pero las mujeres, hartas de organizar las fiestas en la sombra -la mayoría de los hombres son marineros y pasan buena parte de su vida en el mar- decidieron pegar un golpe de efecto y liderar la comisión. Pero llegado el momento de pasar el testigo, nadie quiso recogerlo. Así que ni el 6 de enero habrá sorteo del cerdo Antón, ni el 13 de junio fiestas patronales. Espasante dice adiós a los tiempos en que el pueblo se movilizaba cuando el animal caía por un acantilado. Todo por salvarlo.