Crónica | Los actos de inauguración de la nueva sede de la Fundación Caixa Galicia Els Comediants hicieron de la sede de la Fundación Caixa Galicia y de la plaza de la Constitución un enclave mágico, un milagro de colores en el Ferrol de la Ilustración
30 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Marchaba ayer sobre el mar el sol de primavera, camino de ocultarse en el horizonte -era esa hora en la que la luz de Ferrol tan proclive se vuelve a inventar nuevos colores-, cuando el estruendo de tres cohetes, seguido del alocado vuelo de las palomas, anunciaba, sobre el Cantón, que Els Comediants ya estaban listos, que en nada se asomaban. Y así fue, que se asomaron. Con puntualidad irreprochable. Primero el presentador, que salió por el balcón de ese edificio que ahora tanto se parece a un palacio veneciano. E inmediatamente después llegaron los actores... que aparecieron por todas partes. Un mar de gente El Cantón era un mar de gente, un mar por el que navegaban -tan cerca el Atlántico, sólo el Arsenal por medio- los barcos con sus velas al viento, y por el que los gritos de los marineros, lejos de espantar a las gaviotas de cartón blanco, gigantescas y elegantes aves que movían sus alas, tan sensibles a la música, al compás del espectáculo, las llamaban a su lado. Apareció, por el cielo, un señor con sombrero que venía también, como quien dice, volando por encima de los árboles. Y desde allí -desde el cielo ese- se fue acercando a la plaza, al tiempo que saludaba. Cuando llegó sobre ella, descendió por un cable... Pero volar, volar, lo que se dice volar, quien más volaba era una ninfa que danzaba en lo alto suspendida de un globo con cara de luna, de un aerostato que despertaba a su paso más y más aplausos. En la fachada principal de la Fundación, en lo que antaño fue una cárcel, aparecieron ingentes reproduciones de esos cuadros con los que sueñan (Seoane, Velázquez...) quienes aman como a la vida el arte. Después vinieron aún otros músicos. También otros aplausos -los aplausos, a decir verdad, fueron constantes-. Y no faltó, por fortuna, un homenaje a los libros. A todos esos libros (a todos esos sueños) que ahora tendrán su casa en un edificio donde antaño había rejas y cadenas, donde tantas tristes palabras campaban a sus anchas. El homenaje a los libros vino, claro, de la mano del Quijote . Eso estuvo entre lo más bonito. Porque lo más bonito fue, quizás, ver los ojos de los niños. Cómo se iluminaban...