PAISANAJE | O |
04 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EL TITULAR no es de chiste: Ferrol lidera esa España urbana más envejecida, la que tiene más pensiones que pañales, en la que es más rentable una residencia de ancianos que una guardería, aquella en que los bastones se ven con más asiduidad que los triciclos. El contexto que engloba todo ello tampoco es de broma: la ciudad pierde población año a año desde los ochenta, ni un respiro da el padrón; el número de alumnos decrece a un ritmo del 5% por curso; apenas llega población foránea; y en el Marcide se sigue pariendo con dolor -sin epidural- dependiendo de la hora en que la criatura decida venir al mundo. Llegado al paroxismo, pronto celebrarán no sólo los padres y familiares la llegada de un niño al mundo, pronto lo harán también políticos y agentes sociales, deseosos de mermar el porcentaje de mayores de 65 años. Aventurando un poco más, también habrá que contar en el futuro con recalificar el suelo previsto para centros docentes para convertirlos en futuros espacios sociales para la tercera edad, o dejar de subvencionar comedores escolares para dar más ayudas a las populares y populosas excursiones de invierno a Benidorm, posiblemente la ciudad española que más jubilados recibe pero cuya media de edad es cinco años menor a la de Ferrol. Toda esta mezcla de reflexiones me pilló de fin de semana más allá de la envejecida urbe, noche de sábado, cuando, al entrar a un bar, comecé a escuchar una gaita y un pegadizo estribillo: «Sé que aquí nací...». Pensaba en Ferrol y en la frase gloriosa que dejó Santi Santos en una entrevista a La Voz: «Aquí no encuentro a nadie de mi generación». Conclusión vacua: Santi Santos tendría que haber nacido por lo menos treinta años antes.