CARRETERA Y MANTA | O |
07 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.AQUÍ HAY DOS tipos de políticos locales: los que cambian de careta según quién mande en Madrid y en Santiago, y los que defienden los intereses de sus electores al margen de coyunturas políticas. Huelga decir que estos últimos son cuatro gatos. Es fácil descubrir en tiempos como éstos a los del primer grupo. Repentinamente, como por arte de magia, personajes serviles y obedientes hasta la náusea se convierten en paladines de la rebeldía y la contestación contra el maléfico poder central que pretende pisotear sus intereses. Políticos a los que les falta ir por ahí llevando un chándal con el logotipo de su partido, interesados sólo por figurar, critican el «seguidismo» de sus rivales. Digamos que da mucha risa verlo, por no decir que da mucho asco. A estos hombres ciegamente fieles a sus siglas se les debe recordar hasta dónde han hecho suyas las directrices de un partido que hace muy poco se distinguía por asumir un liderazgo de hierro que desterró todo atisbo de debate. Por ejemplo: ni una sola voz entre 183 diputados de su color en el Congreso, ¡ni una sola!, fue capaz de alzarse contra una guerra rechazada por el 90% de la población. ¿Esto es responder a la voluntad ciudadana? Y lo mismo, al revés: a los que durante años se distinguieron por oponerse ferozmente a toda directriz gubernamental, ahora les echan humo las manos de tanto aplaudir cuanta iniciativa procede de los madriles, ya sea igual o peor que antes. Pero no todos son así: ayer, el alcalde de una ciudad hermana tuvo narices para demostrar con sus palabras que ser correligionario no acarrea vasallaje.