LA GÁRGOLA | O |
12 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.EL PASADO siglo cruzaba su ecuador cuando Ferrol, me dicen, vivía uno de sus momentos de esplendor económico. La leche salía a borbotones de los senos del Estado y la ciudad aprovechaba bien el asunto. Las cuadrillas de camineros se ocupaban de empedrar las calles, convirtiendo en urbano lo que hasta hace bien poco no lo había sido. Entre ellos estaba uno de mis abuelos, como los abuelos de tantos otros. Y al recordar esos tiempos, ya brumosos en su memoria, siempre repetía la misma historia. Decía que decían -valga la redundancia- ya por aquel entonces que las calles de la urbe no tardarían en volver a estar plagadas de hierba, usando la frase como metáfora de futuros declives. Y ahora que mi abuelo el caminero ya no anda ni en esos ni en otros negocios, su frase se me antoja profética. No se trata de ponerse místico. Ni mucho menos. Se trata de observar la evolución de un lugar, Ferrol, que todavía no se ha sacudido sus dependencias y al que le retiemblan las entretelas cada vez que tosen en Madrid. El caminero, claro, podía estar equivocado. Seguro que lo estaba. De hecho, si no arrancan de aquí más pellejo productivo -Zapatero dixit-, si Magdalena (Álvarez, claro) concede su augusto permiso y si, en general, se espabila, las cosas podrían ir hasta de vicio. Y lo del caminero podría ser sólo un cuento. Que nadie es profeta en su tierra. ¿No?