Crónica | Un recorrido por el inmueble Los religiosos que habitan el antiguo pazo de los marqueses de San Sadurniño aseguran que su cuidado sería muy difícil sin la ayuda de los lugareños de O Val
12 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?ecía San Benito, una de las grandes figuras monásticas de la Edad Media, que la hospitalidad ha de ser la primera virtud de los monjes. El padre Juan Carlos, director del convento de Baltar, sigue a pies juntillas la recomendación y durante la visita al convento hace de perfecto cicerone. Este fraile austuriano, dedicado a la vida religiosa desde hace ya 25 años y curtido sobre todo en la atención a los presos, llegó hace poco tiempo a Baltar para sustituir al antiguo director. Y, a pesar de eso, el padre Juan Carlos parece conocer bien la historia del convento y cuenta, por ejemplo, que hace casi un siglo que los claretianos habitan entre estos cuatro muros. Concretamente -explica veloz tras consultar unos papeles- desde que los marqueses de San Sadurniño cedieron el edificio a la orden religiosa allá por el año 1910. Desde entonces, las cosas han cambiado mucho. Por lo de pronto, los frailes ya no llevan sotana, sino que van de paisano. Y ahora, además, son muchos menos que antes. Sin embargo, en el fondo, todo sigue igual. Los frailes están ahí para cuidar el convento y ayudar a los vecinos, además de tener a su cargo, tras encomendárselo el Obispado, la atención pastoral de las parroquias de O Val y Meirás. El padre don Juan Carlos inicia el recorrido en la iglesia del convento. «Como ves -advierte a la visitante- aquí se conservan los sepulcros de los marqueses». Después sigue por las habitaciones de la planta de arriba. Muchas están viejas, pero otras ya presumen de literas nuevas. Todo está lleno de cajas de embalaje. «Esto es tan grande que resulta muy difícil atenderlo; si no fuera porque muchos vecinos vienen a ayudarnos con las obras y a limpiar de forma voluntaria, sería casi imposible tenerlo bien cuidado», advierte el director de la casa. «Es que los vecinos sienten el convento como parte de ellos y por eso les gusta colaborar», dice al ver el gesto perplejo de quien le escucha. Y es que el convento sólo lo atienden los cuatro frailes destinados allí -ahora sólo hay dos; pronto llegarán otros dos- y Manola, una vecina de la zona que limpia y cocina. El padre Juan Carlos sigue el recorrido por el resto de habitaciones, el comedor, el salón de actos, el sótano (en el que hay un local cedido a los vecinos) y, finalmente, la huerta, donde otro fraile se ocupa de cuidar los árboles. «¡Pues esto es todo! -dice tan hospitalario como al principio- Ahora ya sabes donde estamos, así que vuelve cuando quieres». Definitivamente, San Benito tenía razón.