CONTRAPUNTO | O |
24 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.La entrada en servicio de los viales subterráneos de la plaza de España fue ayer bastante accidentada, como cabía esperar. A los problemas propios de un cambio de tanta envergadura hay que añadir algunas impericias de las autoridades de tráfico. Se supone que poco a poco se irán corrigiendo los errores de diseño. Lejos quedan aquellos debates sobre este viejo proyecto. A la primera corporación democrática la derecha la acusaba de pretender sólo quitar la estatua ecuestre de Franco. El arquitecto Ramón Llopart, el primero que afrontó un diseño para la plaza, no muy diferente al actual, vio como su iniciativa quedaba desierta en el concurso porque ninguna empresa se presentó a la licitación. El proyecto volvería a la mesa de la alcaldía en varias ocasiones (recuérdese, han pasado veinte años desde aquellos primeros actos) pero no fructificó hasta que la alianza BNG-PSOE decidió acelerar el asunto. No obstante, sorprende que tras aquellas guerras (se pretendió también involucrar a Gonzalo Torrente para que entrase en liza política en contra de la iniciativa) la inauguración extraoficial haya sido tan pacífica: o los opositores (muchos y destacados) tomaban a chirigota a los ciudadanos entonces o han cambiado de bando ahora. Es posible que, siendo una realidad, volver sobre el pasado no sirva para nada. Ya se sabe, en política, lo esencial es el éxito y no la verdad. La realidad es que la lucha política urbanística ha dejado la superficie para continuar bajo tierra. Y los ciudadanos, que deberíamos ser activos protagonistas de estos debates, delegamos en otros. El subsuelo, construida o destruida la superficie, es el único territorio donde se puede actuar en las ciudades. También en nuestra plaza de España.