CARRETERA Y MANTA | O |
14 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.AÑO 2020. Pepe, ferrolano y antiguo operario de astilleros, busca entretenimientos para su tiempo de ocio, que es mucho desde que aquella crisis del sector naval desatada en el lejano 2004 le puso en la calle mucho antes de lo previsto. Su reubicación laboral resultó imposible porque, como él solía decir, «nunca supe hacer otra cosa». Su historia terminó por convertirse en un argumento que encajaba en aquellas pelis que hacía Stephen Frears a finales del siglo XX, que hablaban sobre las pavorosas consecuencias sociales de lo que los políticos llamaban «reconversiones industriales», lacónico y aberrante eufemismo de masivos expedientes de regulación de empleo que ellos mismos habían sido incapaces de atajar. Cuando lo del 2004, a Pepe le tocó una indemnización que nunca le llegó a pagar por completo el trauma de un despido colectivo, la indignidad de no sentirse útil, el problema de encontrar un sentido a cada día tras décadas trabajando en el mismo lugar. Por entonces, a los políticos les gustaba decir que el astillero en el que trabajaba Pepe estaba muy bien dotado tecnológicamente, y que la culpa de que no hubiera podido salir adelante era de los otros, de los que habían estado en el Gobierno anterior. Año 2004. Pepe, ferrolano y operario de astilleros, está preocupado por su futuro. Siempre ha sido un descreído de la política, pero en el fondo alberga una remota confianza en que, entre todos ésos a los que él les paga buenos sueldos por vía impositiva, haya alguien capaz de hacer algo para que su futuro no se convierta en una peli de Stephen Frears.