LA GÁRGOLA | O |

04 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ES EL mes más raro de toda la docena. El mundo se pone patas arriba. La ciudad se queda muerta a media tarde. El habitual bullicio callejero se convierte en el silencio propio de un cementerio. En las zonas de playa, habitualmente tranquilas, tienes que pedir vez para sentarte en una terraza. En vez de atascarte en As Pías te atascas para entrar en Cedeira o para ir hasta San Xurxo. El mundo al revés. Pero así es agosto. Como un capricho. Lo hechas de menos hasta que te lo encuentras de bruces y enseguida comienza a hartarte. Lo notas en la gente. El tipo más tranquilo del mundo puede acabar por perder los nervios en el chiringuito y, sin motivo aparente, cargarle una bronca al chaval, que sólo quería un helado. Lo notas en la carretera. Los que no se suelen irritar al volante pasan a cabrearse con facilidad si se les aplica la conveniente dosis de calor. Los que ya son de por sí inestables conduciendo se vuelven directamente locos. Cuando llega agosto lo notas hasta en tu casa. Después de dar mil millones de vueltas en la cama sin poder pegar ojo darías tu reino por una noche bien fría e invernal. El topicazo de hablar del tiempo en el ascensor adquiere sus mayores dimensiones. Y es agosto. Y la cosa es así. Y no hay vuelta de hoja. Y Ferrolterra parece Madrid si te fías de las matrículas. Y esos familiares que viven en Algeciras y que no ves en todo el año se plantan en tu puerta si previo aviso. Y el calor te pega puñaladas traperas y sube a tu tensión en una montaña rusa. Y te metes más helados que en todo el resto del año. Y hay tantas fiestas que acabas discutiendo por decidir a cuál vas. Y si sabes lidiar con todo esto te pasarás un buen mes. Y si no eres tan torero como para hacerlo... pues septiembre es otra faena.