«Yo soy otro»


No nacemos con la conciencia de unidad y permanencia a la que llamamos «yo». Esa conciencia que nos permite, al mirarnos en el espejo todas las mañanas, pensar que seguimos siendo nosotros mismos.

Esta identidad imaginaria se constituye en lo que el psicoanalista Jacques Lacan denominó, por primera vez en 1936, como estadio del espejo. El niño frente al espejo, o frente a la imagen que otro le devuelve y que funciona como espejo, percibe, partiendo de su inmadurez y descoordinación inicial, su imagen como acabada. La identificación a esa imagen es la matriz de su yo.

Se subraya la importancia del diálogo interior, de hablar con uno mismo. Pero dirigirse a uno mismo en primera persona como ‘yo’ no pacifica, porque el ‘yo’ es ante todo una instancia de desconocimiento destinada a preservar la imagen narcisista.

Es lo que acaban de ratificar experimentalmente investigadores de las Universidades de Míchigan. Han comprobado que tomar distancia del ‘yo’, hablándose a sí mismo en tercera persona, permite controlar mejor las emociones. Este alejamiento de la dimensión del ‘yo’ sí pacifica. Al parecer, también han comprobado que esto se confirma mediante registros monitorizados de la actividad cerebral.

Vemos como se pueden presentar, como novedades experimentales, fenómenos analizados por los psicoanalistas, con gran riqueza clínica y precisión descriptiva, en la primera mitad del siglo pasado.

En realidad, se confirma algo ya sabido: el único modo de hablar sabiamente con uno mismo es aceptar que ‘yo’ soy otro; y que la verdad más íntima, aquella por la que estoy más concernido, es la que más ignoro y la que me resulta más difícil de admitir. Muchos de nuestros pensamientos, impulsos, o deseos, son egodistónicos (entran en contradicción con nuestro ‘yo’, con nuestra autoimagen). Por eso se puede esperar mucho más del dialogo interior con el otro que hay en mí, que del intento inútil de dirigirme al «yo» buscando hacerme uno conmigo mismo.

La división subjetiva es consustancial al ser humano. Solo admitiéndola, aceptando relacionarnos con eso que nos hace ser otro para nosotros mismos, podríamos alcanzar el auténtico diálogo interior. Este diálogo es especialmente necesario cuando el desacuerdo íntimo se expresa como sufrimiento, como síntoma. En ese caso puede hacerse necesario buscar a alguien que nos ayude a leer el enigma doloroso que comporta no poder dejar de repetir aquello en lo que no podemos reconocernos.

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