¡La caja! ¡La caja!


Humanos, cejad en vuestro empeño. Siempre, y repito, siempre, será la caja. Si tenemos que escoger entre el rascador más grande que el apartamento que ha costado tropecientos y la caja, elegiremos la caja. Las mejores siestas las dormiremos en la caja. Concretamente, en la caja en la que venía la carísima cama que nos habéis comprado pensando que somos... perros. O algo peor. Pensando que os haremos caso, que nuestros ojitos brillarán ante esa cueva calentita, con pelito suave por dentro. Esa cueva que parece el paraíso. No. Lo que nos gusta es la caja. La caja es la vida. La caja, cuanto más pequeña, más caja. Y más útil. Lo que nos gusta es la caja. Pasaríamos nuestra vida saltando de caja en caja. Escondiéndonos en la caja. Entre la manta y la caja, escogeremos la caja. Si queremos afilarnos las uñas, iremos a la caja. Lo mejor para morder es siempre una caja de cartón. Nos pelearemos por estar en la caja. Los gatos hemos venido a jugar. ¿El apartamento en Torrevieja o la caja? ¡La caja! ¡La caja!

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¡La caja! ¡La caja!