El veterano dibujante alcanza el número 200 de las aventuras de los agentes de la TIA con un trabajo en el que hay más ruido que nueces y con menos mordiente del que se antojara, pero con el mérito de llegar a tiempo
03 may 2015 . Actualizado a las 08:49 h.Se ignora si Rajoy, si Rubalcaba, si Montoro, si Dolores de Cospedal o si un tal Bárcenas han leído El tesorero, obra que ellos, posiblemente a su pesar (y bajo nombres algo desfigurados), coprotagonizan. Se ignora si ellos lo han leído, pero lo que es seguro es que lo han hecho decenas de miles de españoles. El último tebeo de Mortadelo y Filemón, firmado, como siempre, por Francisco Ibáñez en solitario, es un superventas. Está entre los cinco libros más vendidos de España en un negocio, el del cómic, que aunque vive un tiempo de esplendor creativo, rara vez llega masivamente al público. Demuestra, a la vez, que los llamados magos del humor siguen teniendo tirón, y público intergeneracional. Y también que este país tiene ganas de reírse de sí mismo. Porque al final las corruptelas que refleja El tesorero (que ya va por su sexta edición) beben del pelotazo, del dinero rápido al que tan dado ha sido este lugar del sur de Europa.
El tebeo ha levantado una enorme expectación. Hasta la exclusión de la noticia de su publicación en los telediarios de la televisión pública ha provocado una buena bronca en el Congreso esta misma semana, con intervención incluida del director de TVE tratando de justificar el olvido. Hay morbo porque se traslada al cómic uno de los episodios más bochornosos de la reciente política española.
Pero, quizá por todo ello, por el enorme ruido que ha provocado el libro antes incluso de su publicación, el contenido no se corresponde con la expectativa. Es como un globo. El tesorero es más bien un cómic flojito, previsible, con menos mordiente del que se espera, y con menos mala baba que otros trabajos anteriores en los que las musas de Ibáñez volvieron a venir de Génova o Ferraz. Porque, aunque el veterano dibujante se empeñe en decir lo contrario, nunca ha rehuido el tema político en sus trabajos. Lo hizo porque la mera sucesión de gags, de golpes, de exclamaciones llamativas y de dosis antiheroísmo que destilan los dos agentes de la T.I.A. eran fórmulas que iban camino del agotamiento. Hubo un momento, aún por precisar, en el que el creador decidió que había que meterse directamente en harina con lo que aparecía en los periódicos. Y ahí aparecieron trabajos notables sobre corruptelas, sobre despropósitos en las olimpiadas de Barcelona, sobre la Expo, sobre González, Aznar, Zapatero, Rajoy (ha repetido en varias ocasiones), Fidel Castro, Anguita, Guerra, Bush, Pujol... Con mucho sarcasmo, abundante pimienta y tradicional aderezo de humor corriente. Y lo ha sabido combinar muy bien.
Pese a esos antecedentes, en la presentación de El tesorero insistía el padre de las criaturas en que lo suyo no es «ni crónica política ni crónica social, no pretendo eso. Yo solo quiero que la gente que lo está pasando mal coja mi libro y disfrute». Quizá haya influido en ello que es un tipo extremadamente tímido, que apenas se ha querido mojar en público. Ha preferido hacerlo a través de sus creaciones.
Ibáñez siempre ha tenido el don de la oportunidad. No le ha fallado ni su olfato primero, ni la rapidez de ejecución después, para presentar el trabajo en el momento adecuado, con un interés creciente por la política (solo hay que ver las audiencias de programas de debate y tertulia entorno a este tema) y en un año muy electoral y llamado a reconfigurar el mapa. Acierta en el momento, como lo hizo también Jan cuando llevó a Superlópez a luchar contra el Prestige cuando los voluntarios aún luchaban contra la marea negra en las costas gallegas.
¿Qué le falta entonces al cómic? Mordiente, golpes más precisos. O, quizá, el problema sea de expectativas. La oferta de revistas satíricas (El Jueves, Mongolia, Orgullo y Satisfacción, Retranca en su día, la recuperación de El papus...), con un humor que parodia sin atender estatus alguno (por suerte), han llevado al lector a ser mucho más crítico. Quiere acidez. Aquí la escandalera de Bárcenas se roza, por más que se exprima su célebre peineta durante todo el tebeo, o se ridiculice a algún ministro.
(Por cierto, no descarten unas ciertas dotes adivinatorias de Ibáñez. Por la última viñeta, decimos)