En su discurso a la nación sobre la disolución de la agencia de inteligencia tras la muerte del fiscal Nisman, la presidenta argentina intentó transmitir transparencia y vulnerabilidad. No convenció, según los expertos
02 feb 2015 . Actualizado a las 17:01 h.Año 1994. Un atentado en la Asociación Mutual Israelita Argentina segó la vida de 85 personas. Veinte años después no hay detenidos. Pero sí un nuevo giro de guion. El fiscal que conducía la causa desde el año 2004 aparece muerto en su casa tras acusar a la presidenta Cristina Fernández Kirchner de haber encubierto a los iraníes presuntamente responsables del atentado a cambio de petróleo y a pocas horas de comparecer ante la Comisión de Legislación Penal en la Cámara de Diputados. La presidenta, en el punto de mira de un caso que ha vapuleado al país y ha hecho estremecerse los cimientos de su gobierno, hasta esta misma semana solo se había pronunciado sobre el caso en dos cartas que publicó en Facebook. En la primera apoyaba la teoría de que Nisman se había suicidado. En la segunda cambió de parecer. Y este mismo lunes, por primera vez, se dirigió a la nación en un discurso de una hora en el que dio otra vuelta de tuerca a lo que ya se asemeja al argumento de una novela negra. Convencida de que la teoría del suicidio no es sólida, Kirchner ha decidido ahora mostrarse como la víctima de una rocambolesca operación que tenía como objetivo convencer a Nisman de que Kirchner era culpable con pistas falsas y, una vez acusada, matar al fiscal. La puesta en escena de la comparecencia de la gobernante era vital. Pero no convenció, tanto por excesiva como por contradictoria.
En silla de ruedas
Eso es lo que cree Mar Castro, consultora y docente en comunicación y protocolo. El primer punto de la escenificación de su vulnerabilidad era la silla de ruedas desde la que pronunció su discurso. «Aunque tenga el tobillo roto podía haber hablado desde una silla o un sofá». Normalmente, la presidenta comparece, precisamente, tras su mesa de trabajo. Esta vez no. ¿Por qué? «Para dar una imagen de cercanía, para crear una empatía con sus interlocutores» y transmitir que sí, que ella es humana y también tiene accidentes. «No se trataba de dar pena, pero sí de decir ?soy una persona como vosotros?». A esa imagen de vulnerabilidad y de cercanía intentaba contribuir también la fotografía junto a su marido, el expresidente Néstor Kirchner, el día que ella fue elegida.
Y sin embargo, «el tono de voz era firme y autoritario y la mirada fría». Además, las manos entrecruzadas durante la comparecencia vienen a crear «una barrera» con su interlocutor y los dedos hacia arriba son muestra de frustración. «Fue obligada a intervenir, no quería», apunta Castro.
Es la contradicción de Kirchner: la latente falta de humildad de su oratoria ensombrecía un escenario que pretendía deslumbrar. En puro blanco. Porque de hecho, de blanco nuclear iba vestida. Las paredes, las lámparas y la ventana eran blancas. No era casualidad. Ese color «transmite unidad, inocencia, pureza, transparencia». La presidenta intentaba meter por los ojos una imagen limpia de su actuación, de ella y de su gobierno. Pero se excedió. «Abusó del blanco y eso da sensación de frialdad», insiste Mar Castro. El blanco solo lo rompía el atisbo de verde de los jardines de la quinta de Olivos (la residencia presidencial argentina) que se adivinaban tras el cristal. «Y el verde transmite estabilidad, crecimiento, resistencia, armonía» lo que intenta neutralizar, al menos en parte, la profunda crisis de credibilidad en la que se ha visto envuelta Cristina Fernández Kirchner tras la muerte de Nisman. «No eligió flores ni una planta, sino lo que se ve tras la ventana», matiza Castro, que concluye que ha sido demasiado artificial. Porque «la puesta en escena fue excesiva y contrasta con la imagen que ha dado hasta el momento» la presidenta, que se ha mostrado siempre como una persona muy segura y poco humilde.