El fin del idilio de la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, con la patronal

Miguel Ángel Alfonso MADRID / COLPISA

ESPAÑA

La vicepresidenta tercera y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz (3d), junto al presidente del PP, Pablo Casado (2i), el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi (3i), la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau (2d), el secretario general de la UGT Jose María Álvarez (d), en presencia del presidente del Círculo de Economía, Javier Faus (i)
La vicepresidenta tercera y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz (3d), junto al presidente del PP, Pablo Casado (2i), el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi (3i), la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau (2d), el secretario general de la UGT Jose María Álvarez (d), en presencia del presidente del Círculo de Economía, Javier Faus (i) QUIQUE GARCÍAEFE

El giro a la izquierda de Pedro Sánchez en el debate de la nación y la llegada de Feijoo a la presidencia del PP distanciaron a Garamendi de la ministra de Trabajo

16 oct 2022 . Actualizado a las 17:29 h.

La relación entre Yolanda Díaz y Antonio Garamendi había roto todos los cánones políticos. Hasta ahora. Una sindicalista afiliada al PCE y convertida en ministra de Trabajo, que llegó con la vitola de «radical», cerrando acuerdos con el presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE). Los frutos del idilio fueron la doble subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), los ERTE durante la pandemia, la ley del teletrabajo y una reforma laboral que contaba con el plácet de sindicatos y empresarios. Algo inédito en la política española de las últimas décadas. Pero la respuesta del Gobierno a la crisis derivada de la guerra en Ucrania, especialmente los impuestos a eléctricas y banca, acabó por distanciarlos.

La sintonía era tal que despertó recelos en el PP, entonces liderado por Pablo Casado. Los populares vieron peligrar, con estos acuerdos, sus histórica cercanía con los empresarios. Desde el entorno del presidente de la patronal llegaron a acusar al ex secretario general con Casado, Teodoro García Egea, de «trabajar activamente» para descabalgarle del poder. El vaso del desencuentro se fue llenando gota a gota hasta que el propio Garamendi rompió a llorar en la asamblea general de la CEOE de junio 2021 al recibir el apoyo de sus compañeros sobre sus polémicas declaraciones en los indultos a los líderes al procés. Génova le había acusado de «apoyar la propaganda de Sánchez», pero el líder de la patronal zanjó que «se utilizaron unas palabras de media hora de entrevista que, además, no es literal».

El desembarco de Díaz en el Ministerio de Trabajo rompió el corsé en el que muchos analistas la situaban. Se estrenó en la cartera en enero de 2020 con un discurso muy político, de reconocimiento a la «lucha por las libertades» de sindicalistas como su padre, histórico de Comisiones Obreras en Ferrol. La ministra aseguró que sabía «de qué lado estar», como había aprendido en la militancia comunista que le acompañó desde niña.

Pero superada la declaración de intenciones, Díaz fue modulando su discurso para facilitar el diálogo social con los sindicatos pero también con los empresarios. La consigna era clara. No existen las líneas rojas en una negociación, toca anteponer el consenso y cualquier diferencia era legítima. Pero sobre todo su frase más icónica: «Nunca abandono una mesa de negociación».

Un rápido acuerdo

La titular de Trabajo puso en práctica este credo cuando convocó a sindicatos y patronal tan solo un mes después de acceder al cargo para negociar la subida del salario mínimo. El rápido acuerdo sorprendió a propios y extraños y supuso una verdadera victoria para el nuevo Gobierno de coalición, y en especial para Díaz, que logró el respaldo de los empresarios en sus primeros pasos mientras desde la oposición se atacaba a la coalición por «radical». El logro no era menor, el propio Garamendi había sido muy críticos con la subida del año anterior y llegó a la mesa rechazando un nuevo incremento. Fue el primero de muchos pactos, con la reforma laboral en la cúspide.

Pero el hechizo se rompió con dos hitos de la legislatura. El primero fue la llegada de Alberto Núñez Feijoo a la planta noble de la sede de Génova, que sirvió para reconstruir las relaciones entre el PP y la patronal. Y el segundo, tras el debate sobre el estado de la nación del pasado julio, cuando Pedro Sánchez escenificó un «giro a la izquierda» de su partido. El presidente anunció una medida que no fue bien recibidas por la patronal: la subida de impuestos a la banca y a las empresas eléctricas. La distancia entre Garamendi y Díaz se incrementó.

Pero la puntilla llegó en septiembre con la propuesta de la vicepresidenta segunda de congelar el precio de la cesta básica de la compra para aliviar el efecto de la inflación en las familias. Garamendi la acusó de «promover un cartel» y se alineó con las grandes distribuidoras. «Si estuviéramos hablando de pactar precios, tendríamos a la policía en la puerta esperando», zanjó. Más duro se mostró el pasado 4 de octubre, cuando dijo de Díaz que «más que sumar, resta, y creo que más que un período de escucha, lo que quiere es que la escuchemos», en referencia directa a Sumar, el proyecto de la vicepresidenta. Eso sí, después apostilló que la líder gallega «es una persona amable y con la que se puede hablar».