Difícil reforma


El estancamiento político es esto: Rajoy no puede cambiar la financiación autonómica porque necesita al PSOE. Pedro Sánchez no puede sacar adelante sus reformas territorial y constitucional porque necesita al PP. La financiación tiene un escenario de consenso, que es el Consejo de Política Fiscal y Financiera, pero nadie lo ha convocado. La reforma constitucional tiene, según Ana Pastor, un escenario de debate, que es el Congreso, pero allí se constituyó una comisión de estudio y no resulta útil porque solo asisten tres partidos, el PSOE, el PP y Ciudadanos. Y dado que el PP y la lógica exigen un consenso similar al de 1978, difícilmente se podrá reformar la Constitución si todos los demás partidos se excluyen de la hercúlea tarea.

Esto es lo que queda de los corrillos de la solemne celebración del 39.º aniversario de la Carta Magna, una celebración exactamente igual que la de los últimos años: se celebró tanto su vigencia, inédita en la historia de España, como se reclamó la necesidad de revisarla. Tiene narices que la única novedad del evento haya sido que Pablo Iglesias tuvo la insólita generosidad de asistir a la recepción. Otros, como los nacionalistas catalanes y vascos, cumplieron con la tradición de estar en el Parlamento y sus beneficios, pero se siguen negando a esta presencia institucional por la que no se cobran dietas.

Diríase, en todo caso, que el Día de la Constitución se celebra para ver lo gastada que está, y a partir de ahí se dividen las opiniones: unos quieren que resuelva el problema catalán, y otros argumentan que debe resolver los problemas de todos los españoles, y no los de los desleales. Unos opinan que reformar es retocar, y otros, que es la oportunidad para echar abajo el llamado régimen del 78. Unos, como los encuestados ayer por La Voz de Galicia, entienden que lo prioritario es resolver la organización territorial, y otros aspiran a cambiar todo el sistema, llegar a la nación de naciones y quizá incluso aprovechar la apertura del melón para cargarse la monarquía.

En esas estamos. Este cronista, por una vez, está con el presidente Rajoy: antes de hablar de reforma, hay que saber en qué, para qué y con qué consenso. Si ese consenso es igual al del 78, adelante con los faroles. Si es solo de la mayoría, mejor no meneallo. Y añade: ese consenso general no es posible porque es difícil que incluya a los nacionalistas vascos y catalanes, porque no se aceptará el derecho de autodeterminación. Es difícil que se cuente con Izquierda Unida, porque el comunismo de hoy no es el pactista de Santiago Carrillo. Y Podemos tendría que llevarse un batacazo en Cataluña para admitir que su lugar está en la España constitucional y no en sus veleidades rupturistas.

Como ninguna de esas condiciones se darán en los próximos tiempos, el cronista invita a sus lectores a aplazar indefinidamente sus sueños de reforma: ni se verán los apoyos precisos, ni nadie concreta qué habría que reformar, ni el Gobierno quiere tomar la iniciativa. Como eso es así, la única conclusión realista es ponerse a esperar. Mejores tiempos y mayor generosidad.

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