Una guerra sin cuartel desde el momento en que ganó al líder

Iglesias mantenía un discurso ambiguo, legitimando la consulta como una movilización, pero Fachin siempre quiso votar. Y la militancia le apoyó

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madrid / La Voz

El origen de todo se remonta al verano del 2016. Albano-Dante Fachin lograba imponerse en las primarias de Podemos a la secretaría general en Cataluña. No partía como la opción favorita de la dirección, sin embargo, este argentino afincado en Blanes acaparó la mitad de los votos de los inscritos gracias a su reconocimiento como activista, por lo que lo designaron como el más adecuado para pilotar Podem.

A Pablo Iglesias no le quedaba más remedio que besarlo sobre el escenario cada vez que acudía a un mitin, pero lo cierto es que nunca fue de su agrado. A Fachin tampoco le importó mucho. Se había creído que Podemos era lo que vendió en su nacimiento: una suerte de formación asamblearia en el que los círculos toman las decisiones, pero a medida que se acercaba el referendo del 1-O comenzaron a saltar chispas. Mientras Iglesias mantenía un discurso ambiguo, legitimando la consulta como una movilización, Fachin quería votar. Ante esta diferencia, el líder regional convocó a la militancia para que decidiera. Y ganó. Iglesias tuvo que acatarlo, pero en ese mismo instante había firmado su sentencia. Solo faltaba esperar a ejecutarla.

Los discursos de Fachin se aproximaron cada vez más a las tesis de la CUP y de ERC, hasta el punto de que cuando se celebró la votación en el parlamento autonómico en la que se declaró la independencia, participó ocultando su papeleta.

El vaso se colmó con el 155. Iglesias intervino para asegurarse que Podemos irá a las elecciones con los comunes de Colau. Fachin era partidario de crear un frente con los secesionistas. Se convocó otra consulta desde la dirección, pero Fachin ya no se la creía: «Salga lo que salga, se hará lo que diga Iglesias». Ayer, el día antes de ser cesado, rompió su carné del partido.

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