Enrique González: «Espero que la historia no se deje manipular y sea severa con el 'procés'»

«Yo también estoy aprendiendo mi lección: decididamente, soy menos nacionalista que nunca», afirma el publicista gallego, residente en Cataluña

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La Voz en BARCELONA

El publicista y escritor Enrique González (Castroverde, 1949), reputado comunicador que ha ejercido de director creativo de importantes agencias como J. Walter Thompson y Bassat Ogilvy & Mather Barcelona antes de fundar la suya, EMRG, cree que los discursos tan inflamados que se escuchan tienen a la ciudadanía secuestrada. «Acabaré teniendo alergia a cualquier bandera, hasta a la más inofensiva», afirma.

-¿Hasta qué punto influye la publicidad en las decisiones?

-Pregunta millonaria. No se puede contestar sin preguntarse por la calidad de cada acción publicitaria en concreto. Las que están muy orientadas, son muy influyentes. Las desnortadas, que por cierto son mayoría, son ruido. Para profundizar, necesitaríamos varias horas.

-¿Qué papel ha jugado la comunicación en el «procés», ha sustituido a la campaña?

-Soy de la opinión de que el procés, en su largo ciclo de gestación y en sus múltiples manifestaciones, está resultando ser uno de los más fascinantes ejercicios de comunicación de masas que hayamos tenido la oportunidad de vivir en directo. En el futuro será objeto de tesis universitarias y de estudio de politólogos y comunicadores. La estricta campaña publicitaria en medios convencionales, en el planteamiento clásico, apenas cuenta.

-¿Quién ha ganado la batalla comunicativa y por qué?

-Enrocado en su interpretación reductiva, más bien pétrea, de la ley, el Gobierno del Estado ha sido particularmente pasivo. Ha asumido el papel de Goliat con todas las consecuencias. Y ya se sabe que, ante un Goliat a la defensiva, la batalla comunicativa la gana siempre David. Por otro lado, todo este fin de fiesta armado (unos con fuerza pública y otros enardeciendo a las masas) es una inmensa y desesperante declaración de impotencia a dos bandos.

-¿Qué ha hecho mal a nivel de comunicación el Gobierno central y/o la Generalitat?

-El Gobierno central parte de una situación endiablada, de enorme debilidad: ¿con qué capital ético cuenta para exigir el cumplimiento de las leyes y para usar con credibilidad las grandes palabras cuando pesan sobre él evidencias repetidas de gravísimas conductas fraudulentas que salpican hasta a las instancias más altas? Esa guerra está perdida. El Gobierno de la Generalitat, a pesar de no tener las manos limpias, ha dado con la fisura perfecta para que las tesis independentistas, minoritarias durante toda la transición, hayan progresado de forma inimaginable. En términos de estrategia política, un diez. En términos de ética, espero que la historia no se deje manipular como sí que lo hace la caliente actualidad, y sea severa con el procés, en orden a restablecer el significado de la palabra democracia.

-¿Cuál ha sido la función de los medios, campaña gratis?

-No sé qué decir. Sin duda se han polarizado y se han alineado en un bando u otro. No se han conformado con ser testigos ni se han esforzado en cultivar el esquivo y precioso fruto de la objetividad. Los de mayor repercusión y audiencia han seguido consignas y han demostrado su efectividad como afinadas herramientas de propaganda. Las televisiones públicas de un lado y otro han acabado dándome miedo.

-¿La comunicación es cómplice de la política y de los partidos atrápalotodo?

-Quisiera decir que no. Estoy convencido de que hay mucho profesional del periodismo (en el campo más amplio de profesionales de la comunicación tendríamos que hilar muy fino) que intenta hacer su trabajo de acuerdo a principios deontológicos. Me cuesta creer que hacia arriba, en las cúpulas, esa deontología encuentre grandes valedores.

-¿Para quién (Gobierno central o independentistas) sería más fácil hacer un eslogan? Proponga uno.

-¿Más eslóganes? Me ahogo. Los representantes políticos apenas hablan ya con otra cosa que eslóganes. ¿El pobre publicitario tiene ahora que añadir uno? Vale: ‘¡Sentaos a hablar!’. Pero soy pesimista. Un gesto de concordia, de comprensión de los motivos del otro, y una aceptación de que esto no debiera ir de vencedores y vencidos, donde perderemos todos, como dice el profesor Fontana [historiador], podría cambiarlo todo, pero esa generosidad de unos y otros no la verán estos ojos. Ojalá me equivoque. Los discursos inflamados, las palabras hirviendo, y el tema único, tienen a la ciudadanía secuestrada. Bueno, eso y el fútbol.

-¿Ha tenido problemas con sus amigos al hablar de esto?

-No. Diría que, con mis amigos antagonistas, hemos conducido cualquier brote de animadversión hacia las aguas más mansas del respeto y del aprecio. Pero estoy sorprendido de la inflamación y la virulencia con que cualquier astilla se convierte en fuego. Eso sí, yo también estoy aprendiendo mi lección: decididamente, soy menos nacionalista que nunca.

«También aquí tenemos nuestros ayatolás. Si no hay disturbios será un triunfo»

Este publicista lucense, representante de España en el jurado de Gráfica Lions 1998 del Festival de Cannes, asegura que este no es su referendo «y, sin embargo, me divide en dos mitades», lamenta. «La pregunta no me representa, ni aplaudo el procedimiento, ni considero que la definición de vinculante y la ley de transitoriedad sea algo más que artefactos simbólicos para embaucarnos a todos», sostiene.

-¿Habrá disturbios?

-No quiero confundir deseos con designios. Toda la escenografía es bélica. El calentamiento de ambas facciones, muy eficaz. También aquí tenemos nuestros ayatolás. Si no hay disturbios será un triunfo. Acabo de escuchar una llamada a la movilización de los adolescentes bajo la idea de que ‘qué mejor lección de educación para la ciudadanía’. Menuda empanada mental, menudo cinismo, o las dos cosas. Que no haya una víctima.

-¿Y el 2-O?

-Será todo tan confuso… El 2-O en concreto será el festín de los analistas. El 3-O, ni idea. Creo que en este momento nadie lo sabe. Las fuerzas que piden una tregua no son oídas.

-¿Qué solución le ve?

-Harían falta las mejores cabezas de todos los lados, y nuevos interlocutores, limpios de obligaciones con el pasado, con ganas de contemplar otras prioridades y de asumir de una vez que las nacionalidades históricas lo son por algo. Pues bien, hay que articular ese algo, con las exigencias del siglo XXI y la incorporación y sensibilidad de las nuevas generaciones. Mi sentimiento es republicano y federalista. Con Cataluña o sin ella, cosa esta última que se me hace inverosímil y traumática, en España es muy urgente reescribir la Constitución.

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