El dominio de las sombras


Dos veces ha llegado a estar políticamente desahuciado y, sin embargo, es el único que ahora mismo tiene el sillón asegurado. Y con esa tranquilidad puede sentarse a ver cómo los demás se despellejan entre sí. Ni desastres electorales como el del 2008, ni la corrupción, ni los navajeos internos ni la soledad parlamentaria han podido con Rajoy. Apoyado en un pequeño grupo de fieles, con la calma, la perseverancia y la discreción como aliados, ha sido capaz de lidiar y derrotar a cuantos adversarios y enemigos le han salido al paso hasta convertirse en el político con mayor poder institucional y en su partido. Ni siquiera Felipe González consiguió tanto. Rajoy es el mejor ejemplo de político cortesano que maneja como nadie los resortes internos del poder. Se entiende la adulación sin límite de Cospedal y que lo contraponga a Pablo Iglesias.

Porque el de Podemos es ejemplo de todo lo contrario. Agitador de masas, propagandista que no concibe alternativa a sus ideas, exhibicionista incapaz de sobrevivir fuera de los focos, su obsesión es la pelea continua, jugador del todo o nada, que si pierde prefiere morir en el campo de batalla. No hay mañana para quien la vida es una guerra sin cuartel. Lo malo de los iluminados es que su luz se apaga pronto y al final volvemos a quedar a oscuras.

Y la oscuridad es el dominio de quienes saben manejarse en las sombras. Pasan los años, el malestar con la política pervive, la transparencia sigue siendo un deseo inalcanzado y, como en el Gatopardo, cambia algo para que todo siga igual. En esas continúa Rajoy, aunque se lleve sustos como el que casi le arrebata a Cospedal. O las primeras condenas por la Gürtel en el frontispicio del congreso. Da igual, porque nadie se da por aludido más allá de la ritual y vaporosa disculpa habitual. Es el pequeño precio de la inercia.

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