Buenos y malos


Todo en la vida, salvo la muerte, es cuestión de perspectiva. Es decir, nada es unívoco ni evidente. Por ello, todo es opinable y sujeto a discusión. La cuestión es la actitud que adoptamos ante esa realidad. Se puede afrontar con espíritu constructivo, buscando puntos de encuentro con el discrepante, o, por el contrario, se puede ahondar en las diferencias, atrincherándose en las posiciones propias y despreciando a quien disiente. Las sociedades que avanzan lo hacen sobre la base del acuerdo y el respeto a los que piensan de forma diferente. En cambio, las que acentúan el disentimiento y rompen puentes están inevitablemente condenadas al fracaso. La historia de España, como la de cualquier otro país, es un cuadro de claroscuros. Porque la pureza no existe. Se trata de asumir errores, e incluso episodios negros, con ánimo crítico y admisión de culpa. La llegada de los españoles a América es uno de los grandes acontecimientos de la historia. Hubo demasiadas tropelías, cierto, pero el nuevo mundo que nació de aquella mezcla de culturas tiene un valor insuperable para la humanidad. Menospreciarlo es una mezquindad intelectual. Utilizarlo como arma para emponzoñar es una bajeza política. Glorificar el pasado sin ningún ánimo critico es peligroso. Pero no es excusa para negarlo. Mirar atrás desde una perspectiva interesadamente selectiva es tan maniqueo como dividir a la sociedad en buenos y malos. Propio de mentes infantiloides o de espíritus inquisitoriales.

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Buenos y malos