Asedio


La misma noche electoral, solo unas horas después del cierre de las urnas y de haber obtenido el peor resultado de la historia, Pedro Sánchez anunciaba su intención de optar a la reelección como secretario general del PSOE. Ha sido su mayor error y el pecado original que ha contaminado todo el proceso político posterior al hacer confluir las negociaciones de gobierno con el debate de partido. De entrada, rompió el frágil equilibrio interno y desató las hostilidades con el sector de Susana Díaz. El PSOE es un partido roto. Es el legado que dejó Rubalcaba y que sus herederos han sido incapaces de resolver. La sucesora in pectore, a la que todos aguardaban, no dio el paso cuando procedía y aquella omisión ha sido una pesada hipoteca para quien sí tuvo la osadía de intentarlo. El problema de Pedro Sánchez es que ha vivido en la provisionalidad permanente, atrincherado con sus fieles, más pendiente de eludir el asedio y la guadaña andaluza que de cohesionar el partido. Y así hemos llegado a unas negociaciones en las que es imposible saber si lo que de verdad pretende es formar Gobierno o evitar que le muevan la silla. Una ambigüedad que se traduce en indefinición ideológica, amagando con girar a la izquierda para virar a la derecha. Por su poso y por su peso, es necesario que el PSOE consolide cuanto antes sus liderazgos y sus propuestas. Eso es lo realmente determinante, no la fecha del congreso, cuyo aplazamiento confirma las sospechas de que, salvo milagro de última hora, estamos abocados a elecciones el 26J.

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