Una mujer de carácter y ambiciosa

La infanta, sexta en la línea sucesoria, ha buscado tener una vida y una carrera al margen de la familia real


Redacción / La Voz

Cristina de Borbón y Grecia se enfrentó ayer a uno de los peores tragos de su vida. La imagen que siempre quiso evitar, sentada como acusada en el juicio del caso Nóos, se produjo. Una escena que le costará olvidar a la hija menor de Juan Carlos I y Sofía de Borbón, sexta en la línea de sucesión de la Corona. Y es que nada en sus 51 años de existencia apuntaban a que pudiera suceder algo así. Atrás quedaron los días de ensueño, de vino en rosas, de amor con Iñaki Urdangarin -el chico aparentemente perfecto- la boda idílica y la cómoda vida de la pareja hasta que Nóos, con todas sus derivadas, se cruzó en su camino.

Borrada de la agenda de la Casa Real y desaparecida de los actos oficiales, desde octubre del 2011, Cristina de Borbón afronta el difícil reto de reconvertirse. «Tiene un carácter muy fuerte, es ambiciosa, independiente y competitiva, siempre ha luchado por tener su propia vida al margen de la familia real». Así la definía en La Voz hace algunos meses Andrew Morton, que acababa de publicar el libro Ladies of Spain, donde afirmaba que la hija de Juan Carlos I siempre se caracterizó por labrar su propia personalidad, fuera de la impronta que marcaba su pertenencia a la realeza.

Un trabajo a medida

En su currículo figura ser la primera mujer de la Casa Real española que consiguió un título universitario, el de Ciencias Políticas. Intentó ser una alumna más y pasar desapercibida, con suerte dispar. Luego cursó un máster en la Universidad de Nueva York, y obtuvo una beca para trabajar en la Unesco, donde estuvo seis meses antes de saltar a La Caixa, donde le ofrecieron un puesto a su medida, como directora de Relacionas Internacionales. Todo iba viento en popa. Un buen trabajo en Barcelona -una ciudad que adora- le permitía satisfacer su deseo de tener una vida tranquila y una carrera al margen de la familia real. Madre de cuatro hijos, todo era perfecto hasta que Urdangarin, con el que siempre se ha mantenido muy unida, decidió meterse en el mundo de los negocios de la mano de su examigo y profesor de Esade, Diego Torres.

Las alarmas saltaron ante el excesivo nivel de vida de la pareja. Un ejemplo fue el palacete que adquirieron en el lujoso barrio de Pedralbes de la Ciudad Condal, en el que gastaron nueve millones de euros para su compra y acondicionamiento. Algo no cuadraba. Eran gastos excesivos. Fue cuando Urdangarin recibió una salvadora oferta de trabajo de Telefónica que permitió a la pareja trasladarse a Washington en el 2009, en un intento de que poner tierra de por medio a un escándalo que comenzaba a aflorar, el caso Nóos.

Dos años después, la red se cerró y el juez José Castro, implacable instructor del sumario, imputó a Iñaki Urdangarin y puso a la infanta en el disparadero, gracias a unos comprometedores correos electrónicos de su antiguo socio, Diego Torres. Cristina de Borbón era vocal de Nóos y propietaria a medias con su esposo de Aizoon, una empresa clave en el presunto saqueo de dinero público. Fue el adiós definitivo a su vida tranquila y el comienzo de una nueva etapa cuyo incierto final está todavía por escribir.

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