Daños colaterales


Los tumores son doblemente malignos: por el daño que causan por sí mismos y porque el tratamiento para combatirlo es tan agresivo que acaba dañando incluso lo que está sano. El mal que está generando el desafío secesionista está ya suficientemente descrito. El riesgo es que una reacción desmedida acabe multiplicando los destrozos en las instituciones democráticas. Los secesionistas han forzado el reglamento del Parlamento catalán para acelerar su desafío, y con ello ha conculcado los derechos de representación de todos los catalanes que votaron al PP, cuya voz ha sido silenciada antes de tomar una decisión de enorme trascendencia. Es absolutamente legítimo que, en consecuencia, los populares busquen el amparo del Tribunal Constitucional. Para eso está y forma parte de la normalidad que se recurra a él.

Lo peligroso es que se intente presionarlo con intención de utilizarlo como ariete político para que ejerza unas funciones que no le corresponden. Una cosa es que el tribunal sea sensible a la excepcionalidad de las circunstancias políticas y otra muy distinta que se deje arrastrar por esa excepcionalidad. El rigor en el ejercicio de sus funciones es el mejor servicio que puede prestarle a la democracia. Sea cual sea su decisión, es necesario que sea inmaculada, para evitar el riesgo de que un acuerdo conveniente políticamente en el corto plazo dañe aún más el prestigio de la institución. Porque un buen fin no justifica cualquier cosa, como parece pensar el ministro de Justicia al justificar con lo que está sucediendo la reforma exprés del Tribunal Constitucional. Nada puede disculpar semejante atropello, porque no puede ser que la defensa de la democracia se haga a costa de la propia democracia. Ni entonces, ni ahora ni nunca.

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