Delirio


Las obsesiones son malas en general y, en política, peligrosas. Artur Mas ha demostrado ser un pésimo gestor. Todos los indicadores de Cataluña, del tipo que sean, son hoy peores que hace cinco años, cuando accedió al poder. El desafío soberanista, que comenzó como una cortina de humo para tapar su incapacidad, ha acabado convertido en una obsesión, una alocada huida a ninguna parte persiguiendo sombras, que es el recurso desesperado de quien es incapaz de asumir una realidad que no le gusta pero que no sabe o no consigue cambiar. Su afán por autojustificarse ha desembocado en un delirio que le han llevado a pisotear y despreciar los principios y procedimientos democráticos más elementales. Pretender que se tiene legitimidad suficiente para declarar la independencia, para romper un país y una sociedad, con la mitad más uno de los escaños -que se pueden obtener con el apoyo de una cuarta parte del censo y con menos de la mitad de los votos emitidos- es tal barbaridad que descalifica a quien la proclama y desautoriza todo el proceso. Porque lo que en realidad han hecho es buscar la forma de hacer pasar por mayoritario lo que es el apoyo habitual -socialmente minoritario, aunque sea políticamente importante? de los partidos nacionalistas. Una inversión de la lógica democrática que contamina todo el procedimiento. Se engaña a la ciudadanía con un fraude de ley, intentando hacer pasar por plebiscito unas elecciones autonómicas. Y, al tiempo, al concurrir con una lista común en la que se esconde a los candidatos, se trata de evitar el examen a la gestión del Gobierno saliente y se impide la competición entre aspirantes para la elección del próximo gobernantes. Es decir, se burla el control ciudadano, principio esencial de unas elecciones democráticas. Todo un delirio.

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