Los seres humanos toleramos mal la incertidumbre, el azar, lo desconocido. En muchos casos no lo aceptamos, pues la mayoría de las personas no tienen esquemas cognitivos para poder hacerlo. Como humanos poseemos una estructura mental con la que organizamos el mundo de modo que todo tenga sentido, orden y lógica. Pero la realidad nos hace ver una y otra vez que esto no siempre es así. Lo nuevo, lo desconocido, lo imprevisible, lo inesperado es parte de la vida. Este es el caso, por ejemplo, del chico que mató al profesor en Barcelona.
Con todo, se dedican pocos esfuerzos a la prevención de ciertos hechos que sí se podrían evitar, que no erradicar. Esto es especialmente relevante en la adolescencia, que es cuando la persona sufre importantes transformaciones para convertirse pronto en adulta y donde habría que dedicar mayores esfuerzos de protección e inversión. El refrán dice que «vale más prevenir que curar», pero se aplica poco, y menos aún en plena crisis económica.
Cuando tomamos medidas de detección y prevención adecuadas, muchos problemas se reducen, aunque no se eliminan, que es lo que subjetivamente numerosas personas desean. A la mayoría de la población le gusta creer que vive en un mundo ordenado, que todo tiene su sitio y que, además, como sociedad, tenemos un gran control sobre todo lo que pasa o puede ocurrir. No siempre es así.
En este sentido, la existencia de un porcentaje de trastornos mentales y del comportamiento en la población es normal. Pero también es cierto que muchos se pueden prevenir y tratar exitosamente.