Un error de cálculo que puede marcar el futuro Gobierno

La crisis de UPyD demuestra los riesgos del hiperliderazgo en los nuevos partidos


MAdrid / La Voz

La desintegración de UPyD, partido creado hace poco más de siete años y que mantenía una trayectoria ascendente desde su nacimiento, demuestra la dificultad de asentamiento de nuevas formaciones políticas y la fragilidad de los partidos que no cuentan con bases estables en todo el territorio nacional. En política, los errores se pagan caros. Pero en un partido pequeño y de nueva creación, los errores marcan la diferencia entre seguir en el tablero o desaparecer. El error de UPyD al rechazar en el año 2011 el pacto que le ofreció Ciudadanos cuando esta última era una fuerza implantada exclusivamente en Cataluña fue mayúsculo. El acuerdo con Albert Rivera no solo le habría permitido a UPyD asentarse en Cataluña, territorio fundamental para un partido que hace de la lucha contra el nacionalismo su razón de ser y en el que UPyD obtuvo siempre unos resultados ridículos, sino que habría abortado el despliegue de Ciudadanos en el resto de España. El error se reiteró después en sucesivos ofrecimientos, cada vez más desfavorables para UPyD, hasta la catástrofe actual.

La segunda gran lección de la crisis de UPyD, que afecta también, paradójicamente, a Ciudadanos, es el peligro de crear un nuevo partido amparándose casi exclusivamente en la potencia personal de un dirigente, que actúa así como un caudillo. Ocurre que cuando el caudillo se debilita, bien por un ataque exterior o por una rebelión interna de dirigentes mucho menos cualificados, el partido entra en barrena. Eso es exactamente lo que le ha ocurrido a UPyD, al que siete años después de su nacimiento se cita en los periódicos como «el partido de Rosa Díez». Y lo que le puede ocurrir también a Ciudadanos, erigido bajo la figura arrolladora de Albert Rivera y acaso más dependiente de su líder que UPyD, y también a Podemos, nacido a la sombra del éxito televisivo de Pablo Iglesias, que por momentos parece abrumado con su propio hiperliderazgo.

De cara a las municipales y autonómicas, la fuga en masa de cuadros y votantes de UPyD hacia Ciudadanos hará que esta última fuerza no solo sea clave para formar mayorías, sino que gobierne ella misma en numerosos municipios e incluso alguna autonomía siendo la segunda más votada, apoyada por la tercera.

Pero acaso más relevante, de confirmarse que a la meteórica trayectoria ascendente de Ciudadanos se suman todos los votantes de UPyD, es lo que puede ocurrir en las elecciones generales, que marcarán el fin del bipartidismo y de las que saldrán cuatro grandes fuerzas con muy poca diferencia de votos entre ellas. Ciudadanos no sería un partido bisagra, al estilo de lo que lo han sido tradicionalmente los nacionalistas, sino una fuerza que condicionaría la acción del Gobierno al que diera su apoyo, y del que Rivera podría muy bien ser vicepresidente. Eso, si el suflé no sigue subiendo y acaba ganando las elecciones y convirtiéndose en presidente del Gobierno.

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