Asamblea de Podemos: Entre la ola, Marilyn y el congreso de Suresnes

Gonzalo Bareño Canosa
G. BAreño MADRID / LA VOZ

ESPAÑA

La formación demuestra su solvencia política en un ambiente lleno de entusiasmo

19 oct 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Pablo Iglesias es una esponja política que todo lo absorbe. Su órdago audaz en esta asamblea, amenazando de salida con la dimisión si no triunfan sus tesis, recuerda mucho al histórico golpe de efecto de Felipe González en el congreso de Suresnes de 1979, cuando dimitió como secretario general del PSOE al no aceptarse su propuesta de que los socialistas renunciaran al marxismo. Como González entonces, Iglesias sabe que su renuncia sumiría al partido en el caos. La diferencia es que Felipe tuvo que dimitir para volver por aclamación, pero a él no le hará falta porque, muy probablemente, su propuesta de erigirse en secretario general único obtenga el respaldo de la mayoría. Es el líder indiscutible de Podemos y lo sabe. Ayer lo demostró una vez más, con una cinematográfica entrada brazo en alto en el recinto y ante un público tan entregado, que poco después le cantaba el Cumpleaños feliz con tanto cariño como el de aquella Marilyn que le susurraba el «happy birthday, mister president» a John F. Kennedy.

El entusiasmo espontáneo y casi infantil de la grada, que gozaba haciendo la ola una y otra vez, y el amateurismo de algunos ponentes, contrastaba con las intervenciones de los líderes, medidas al milímetro a pesar de su aparente sencillez. Iglesias y los suyos, estudiosos de todo, no dejan nada al azar. Ni siquiera el atuendo. Como esos futbolistas que miman con esmero su estética, parecen haber comprendido el valor de singularizarse a través de su aspecto para ser reconocidos como individualidades dentro de la organización. Y así se podía ver a Juan Carlos Monedero desgañitándose en la tribuna con su eterno uniforme de camisa gris y chaleco del mismo color, a pesar del sofocante calor reinante; a Iglesias con su reluciente coleta y su sempiterna camisa blanca modelo Alcampo, y a Íñigo Errejón con su perpetuo aspecto de ser el empollón de la clase a pesar de sus 31 años.

Con los problemas propios de un estreno -«se oye, pero no se entiende», le decían algunos a Iglesias, no se sabe sin con doble intención, ante los problemas de sonido-, Podemos demostró ayer solvencia y también que no es esa pandilla de perroflautas radicales que dibujan sus enemigos, sino algo nuevo en la política española cuyo futuro está por escribir. Si pueden o no a ganar, como dice un insaciable Pablo Iglesias, dependerá en buena medida de que no salgan debilitados y divididos de esta asamblea.