La princesa Leonor, la heredera con sangre asturiana

Su primer acto oficial como sucesora es el punto de partida para algún día ser Leonor I

Las pequeñas acapararon todas las miradas La princesa Leonor y la infanta Sofía estuvieron atentas a las señas de su madre

redacción / la voz

Por sus venas corre sangre azul Borbón-Grecia y de plebeya asturiana Ortiz-Rocasolano. Es protagonista. No de un cuento de Andersen sino de la Historia. Desde ayer es princesa de Asturias, de Gerona, de Viana, duquesa de Montblanc, condesa de Cervera y señora de Balaguer, y, por tanto, la heredera de la Corona. La más joven de toda Europa. Y aunque la reina Letizia, al menos hasta ahora, la hacía llamar Leonor, el trato hacia ella será de alteza real. Es Leonor de Borbón y Ortiz y tiene 8 años. Su padre fue príncipe de Asturias con 9 y es rey con 46. Su abuelo, don Juan Carlos, fue proclamado con 37.

La primogénita de Felipe VI es la primera princesa de Asturias (no consorte) desde Isabel II, quien llegó a reina con solo tres años en 1833, y la trigésimo sexta desde que en 1388 se creó el título. Prestará juramento ante las Cortes cuando alcance la mayoría de edad, en el 2024.

A partir de ahora su vida experimentará un cambio espectacular. A pesar del celo con que doña Letizia midió siempre la vida pública tanto de ella como de su hermana pequeña, Sofía (7 años), para que crezcan como niñas que son, habrá ocasiones que fuercen su aparición y tendrá que acompañar a sus padres a algunos actos. Aunque no podrá viajar con ellos, para garantizar la sucesión. Hasta ahora, Leonor y Sofía aparecían ante la prensa en contadas ocasiones: comienzo de curso, en la imagen de la felicitación navideña, la foto de familia en la misa de Pascua en Mallorca y el reportaje veraniego en la isla. Pero a Leonor le esperan horas extras para compaginar sus estudios de primaria con gallego, catalán, euskera, chino mandarín e inglés, el idioma que impera cuando está presente la reina Sofía.

Y por mucho que se resista doña Letizia, la princesa de Asturias es una niña distinta a las demás desde que nació. En su bautizo se utilizó agua del río Jordán y la pila de Santo Domingo de Guzmán reservada a personas de rango real. Siempre compartió el protagonismo con su hermana, sin embargo desde ayer sus caminos son distintos y el libro de la vida de cada una es de un color. La heredera y la hermana de la heredera. Todas las miradas para la primera, cuya vida no dependerá únicamente de sus padres sino de lo que le conviene a la institución y lo que decida un elenco de asesores cortesanos.

Tras su paso por la Escuela Infantil de la Guardia Real, en el recinto de El Pardo, en el 2007, Leonor entró al año siguiente en el colegio privado Nuestra Señora de los Rosales, en Madrid, el mismo centro donde estudió su padre. Se trata de una escuela laica, mixta, cerca de palacio y que fomenta los valores de la monarquía. Esa elección no estuvo exenta de polémica. El colegio tuvo que reforzar la seguridad, levantó más los muros, prohibió móviles con cámara... en fin, medidas molestas para la comunidad escolar. Pero no solo eso. El debate colegio público o privado, con pros y contras, aún está abierto.

Actitud impecable

A la princesa de Asturias le espera también universidad y formación militar, pues algún día será capitana general como su padre, que pasó por las escuelas de Zaragoza, Murcia y Marín.

Pese a su corta edad, Leonor parece saber ya, no lo que le espera, pero sí lo que es. Cuando le preguntaron en una ocasión por qué le hacían tantas fotos, contestó que vivía en la casa de un príncipe. Y en otra fue ella la que preguntó cuándo pronunciará un discurso. Ayer, en su primer acto oficial como heredera, su comportamiento fue impecable, atenta, seria, mirando al frente sin apenas gesticular. Su saber estar, sentada incluso, pese a que los pies no le llegaban al suelo, sin cruzar las piernas y con la espalda recta en todo momento a tan corta edad, es digno de alabar. Los más próximos destacan de ella su inteligencia y serenidad, otros su belleza, y algunos lamentan la pérdida de espontaneidad de una niña de tan solo ocho años.

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