Un mismo escenario, pero dos Españas muy distintas

La Voz

Han transcurrido casi 40 años entre las dos imágenes. Pero el contraste es tan extraordinario, que se diría que han pasado muchos más. Frente a aquellas Cortes franquistas ante las que juró Juan Carlos I, aquella Biblia, aquel crucifijo, aquellos principios generales del Movimiento y aquellos políticos, todos vestidos de pingüino, que se hacían el harakiri a regañadientes, Felipe VI juró ayer con su mano sobre una Constitución, en ausencia de símbolos religiosos, frente a diputados y senadores elegidos en unas elecciones democráticas y comprometiéndose a «guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las comunidades autónomas».

En la tribuna de invitados destacaba la presencia de los tres ex presidentes del Gobierno, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Y, junto a ellos y en lugar preferente respecto al resto, los presidentes de Cataluña, Artur Mas; País Vasco, Íñigo Urkullu, y Galicia, Alberto Núñez Feijoo. Estos sí, en animada conversación. Esa posición de privilegio reforzaba el contraste cuando el presidente de la Xunta aplaudía junto a la gran mayoría algún pasaje del discurso, mientras Mas y Urkullu permanecían impasibles. Solo cuando el rey cerró su parlamento dando las gracias en catalán, euskera y gallego dieron apenas tres palmadas. La mayoría de los diputados nacionalistas escatimaban también el aplauso, aunque pudieron verse algunas tímidas palmas del portavoz de CiU, Josep Antoni Duran i Lleida.

El escenario era el mismo que hace 39 años, pero el Congreso lucía ayer engalanado y luminoso como nunca. Una hora antes de que comenzara el acto, la mayoría de los diputados y senadores se encontraban ya sentados en sus asientos, mucho más estrechos de lo habitual para que cupieran todos, conscientes de estar asistiendo a un momento histórico. Algunas presencias en las tribunas de invitados evidenciaban también el cambio de los tiempos. Como la del baloncestista Pau Gasol, sentado junto a Felipe Juan Froilán, el sobrino del rey. Pero, si algo resultaba extraordinario y marcaba la diferencia entre la España de hoy y la de hace 40 años, era la presencia en esa tribuna de invitados del padre y la madre de una expresentadora de televisión viendo cómo su hija se convertía en reina de España.

Desde la tribuna de prensa, los únicos 40 periodistas de todo el mundo que tuvimos acceso al hemiciclo pudimos observar detalles como el gesto nervioso de don Felipe antes de comenzar su discurso, que denotaba sus ganas de dar cuanto antes ese paso histórico, o la mirada ansiosa y cargada de emoción con la que la reina Letizia buscaba a sus familiares nada más llegar a la tribuna, para dedicarles un discreto saludo.

Impresionaba también la comparación entre el gesto tenso y el rostro ojeroso de don Juan Carlos el día de su proclamación en 1975 y el semblante plácido, sereno y lleno de felicidad con el que los reyes abandonaban ayer junto a sus hijas el Congreso tras un larguísimo aplauso de casi todos los diputados y senadores puestos en pie, en busca del Rolls Royce que les llevaría al Palacio Real, donde les aguardaban 2.000 manos que estrechar.

En el palacio les esperaba también don Juan Carlos, convertido en el gran ausente de la proclamación de su hijo. El monarca saliente no pudo escuchar por ello la ovación que le dedicaron los parlamentarios cuando el rey reivindicó su figura, aunque es probable que se emocionara, allí donde lo viera.

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