¿Austeridad o grandes fastos?

El perfil bajo de la proclamación divide a expertos en imagen y protocolo


Madrid / Enviado especial

La extrema sencillez de los actos de proclamación del rey divide a expertos en protocolo e imagen. Para unos, la decisión es acorde al parlamentarismo del acto y a la necesidad de asociar la marca Felipe VI a la austeridad que emana hoy del país. Para otros, eso está en contradicción con el empuje que supondría para la marca España la presencia de las principales casas reales en la ceremonia.

Asunto de marcas

Austeridad contra fastos. La ceremonia de proclamación evidencia un choque de intereses «entre la marca Felipe VI, la marca monarquía y la marca país», apunta Víctor Sánchez del Real, experto en imagen y comunicación de figuras públicas y fundador de la consultora Elocuent.com. En su opinión, hay «un conflicto de libro» y una enorme «desalineación entre los tres elementos». Es evidente que a la marca Felipe VI, afirma Sánchez del Real, le interesa una ceremonia «de muy bajo perfil, sin excesiva ostentación por el momento que vive el país», y la hace así con la doble intención de «no provocar a los antimonárquicos» y de «mostrar austeridad» en un momento de crisis profunda. Sin embargo, los intereses particulares del rey «priman en este caso sobre los de la institución monárquica y los del país». Las bodas regias «tienen un elevado impacto para la marca España, valorable en millones de euros, algo impagable en una nación que vive del turismo». La austeridad contraviene «el interés general» y supone «una renuncia simbólica absurda, porque la monarquía es imagen, liturgia».

Precipitación

En Twitter, muy tarde. En cuanto a la estrategia de la ceremonia, Sánchez del Real detecta «una enorme precipitación» que tampoco ha ayudado «a la marca España». Pone como ejemplo la creación de la cuenta de Twitter «apenas medio mes antes de los actos». Para el experto en imagen, es evidente que Felipe VI ha trabajado «su propia marca», que «no está sincronizada con las otras dos».

Lógica contención

Un acto puramente formal, de imagen. «El rey en España jura por ser rey, no para ser rey, y la proclamación se hace ante las Cortes, no por las Cortes», precisa el gallego Fernando Ramos, presidente de la Academia Internacional de Protocolo. Esto significa que «ya entra al Congreso como rey; que lo es desde que abdica su padre» y que, «según el constitucionalista Torres del Moral, la proclamación es por tanto un acto de mera presentación a la nación, una cuestión de imagen más que jurídica». En consecuencia, Ramos ve lógica «la austeridad prevista». Alude para reforzar su argumento al artículo 61 de la Constitución, «que solo indica que el rey jurará ante las Cortes. «Muy austero».

Cuestión de fe

¿Un tedeum»? «Una de las advocaciones del rey de España es ?Su majestad católica?», y así es nombrado en el protocolo internacional», recuerda Fernando Ramos. Precisa que ese punto sí parece «en contradicción» con los actos previstos en la proclamación de hoy. O mejor dicho, en los no previstos, pues defiende que se debería haber incluido el crucifijo entre los símbolos, además del cetro y la corona. «España es aconfesional, pero no atea. Por eso en este país se promete o se jura. Pero se jura ante Dios, de manera que si Felipe VI usa hoy esa fórmula debería haber un símbolo religioso a su lado, pues la monarquía española sí es católica». Recuerda en ese sentido «la conversión de doña Sofía», y cree que se tendría que haber programado un tedeum en la Almudena. «Y ahí sí que habría cabida para las casas reales», lo que daría a la marca España relevancia internacional.

Los símbolos

Ruptura con el pasado. La interpretación de los símbolos de la ceremonia está siendo otro de los caballos de batalla para los expertos. Para Gerardo Correas, presidente de la Escuela Internacional de Protocolo, lo verdaderamente importante aquí era «marcar la ruptura con el pasado, con el propio Juan Carlos I». El rey saliente había jurado «ante la Biblia y en presencia del crucifijo los principios del Movimiento», en un escenario en que «la Iglesia y el Ejército» tenían mucho peso en el país. El juramento, ahora, será «ante los representantes del pueblo». Cualquier asociación de Felipe VI con la marca monárquica que abanderó durante años don Juan Carlos podría vincularse «a una proclamación en la que el rey decía aquello de: «Con la emoción en el recuerdo de Franco...».

Los aciertos

Un gran líder sabe reconocer el contexto. No todos los teóricos interpretan como un error la austeridad que parece imponer Felipe VI a la proclamación. Pere García de los Riscos, máster coach de TISOC Coaching, incide en que «un gran líder es el que sabe reconocer el contexto», y por eso Felipe VI «adopta las decisiones adecuadas cuando apuesta por la humildad y la conciliación, pues, según la teoría del liderazgo, ahora mismo toca ese estilo». Otra de las claves de la ceremonia es que «con Juan Carlos I buscábamos un referente, una bandera para una transición. Ahora, cuarenta años después el modelo está oxidado y deteriorado, con una profunda división en el país; se ha perdido el objetivo común».

El discurso

¿En las cuatro lenguas? La austeridad también es importante para Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación y consultor político. «Es de una ejemplaridad importante, pues sería inevitable que la presencia de otras casas reales introdujese una variable aristocrática en un acto de fuerte contenido parlamentario». El protagonismo debe ser de Felipe VI, «no de la reina de Suecia». Una de las claves hoy, según Gutiérrez-Rubí, es el discurso. Cree que será «en las cuatro lenguas oficiales».

El valor del presente

Una reválida diaria. La sencillez y la discreción pueden ser «una decisión táctica acertada», argumenta Emilio de Diego, profesor de Historia en la Universidad Complutense. «Pero hay cosas -agrega- que se podrían haber hecho mejor». Por ejemplo, le cuesta creer que «una monarquía como la inglesa hubiese anunciado la abdicación con los príncipes de Asturias y doña Sofía a miles de kilómetros. No creo que hubiese pasado nada por esperar 48 horas para dar normalidad y unidad al proceso». La clave ahora está, prosigue, en la capacidad de Felipe VI para interpretar la realidad. Y no duda de que así será. «He tenido ocasión de compartir ratos con él en los últimos tiempos y me maravilla cómo entiende que la monarquía se legitima en el siglo XXI, que va a haber una reválida diaria por la función de esa monarquía, que ha de ser eficiente y moralizante».

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