Artur Mas apeló el lunes los valores de la transición. Uno de ellos fue el del respeto a la legalidad. Se pasó de la dictadura a la democracia sin vulnerar la ley. Ante la dicotomía reforma-ruptura, se apostó por la primera para hacer una voladura controlada del franquismo, evitando saltos en el vacío y, sobre todo, la exclusión de una parte del país. Ese es el sentido de la concordia, ese valor que tanto practicó Suárez. Si de verdad Mas cree en ello, el Constitucional le ofreció ayer una oportunidad inmejorable para demostrarlo. El tribunal marcó claramente el terreno: el pueblo catalán no es sujeto político soberano, por lo que no tiene capacidad para convocar unilateralmente un referendo de autodeterminación. Lo cual no es incompatible con su aspiración política incluso a la separación. Pero es un anhelo, no un derecho. La Constitución puede ser modificada, hasta para autorizar la secesión, pero siempre que se haga respetando el cauce previsto y los valores democráticos. Esto es lo que vulnera el proceso impulsado por Mas y que el presidente parece no entender. Está en su derecho a apostar por la independencia. Pero no a intentar conseguirla al margen de la ley. No se veta el fondo, sino el procedimiento. Así de simple.