Las dos únicas parlamentarias de UCD de la comunidad en las Cortes constituyentes retratan al expresidente en la intimidad y añoran su clase
25 mar 2014 . Actualizado a las 13:11 h.Con los setenta en sus estertores, no era aquel hemiciclo, el de las Cortes constituyentes, muy de hacer política en tacones. Estaba allí la Pasionaria, sí. María Victoria Fernández-España también. E incluso la incombustible Soledad Becerril. Pero no muchas más. De hecho, había solamente 21 diputadas, un 6 % del total; o sea, siete veces menos que en la actualidad. Así, en su grupo de parlamentarios gallegos, compuesto por hasta 20 personas, el líder de Unión de Centro Democrático (UCD) apenas contaba con dos mujeres: Elena Moreno y Nona Inés Vilariño, elegidas en las urnas de junio del 77, respectivamente, por Pontevedra y A Coruña. Ambas conocieron al Suárez de la tele y al Adolfo del sofá, el de la charla, el cercano. Se quedan con el segundo. Hoy, cuatro décadas más tarde, lloran a la persona y extrañan al presidente.
«Era un ser humano, ante todo, dialogante, amable, que jamás nos descuidó, siempre al frente del partido. En cualquier momento nos orientaba para saber cómo hacer las cosas, cuándo... También nos machacaba todo el rato repitiendo que había que llegar a acuerdos, buscar el pacto. Adolfo era un enamorado de la palabra. Sí, eso era él». Al exjefe del Ejecutivo lo retrata con esas acuarelas Elena Moreno, viguesa nacida «accidentalmente» en Santander. Estrenó escaño hace casi 37 años, a los 34. Cinco después, cuando aquello de Naranjito, lo dejó.
Sacando trastos del desván de la memoria, se topa de bruces con uno muy especial. Moría enero del 81 y su teléfono sonó. Era Fernando Abril Martorell, en tiempos vicepresidente del abulense. «Cuando dimitió [este último] -relata- nos llamó a mí y a dos compañeras: Carmen Solano y María Dolores Pelayo. Quería que fuésemos a verlo, a estar con él, [con Suárez]. No lo dudamos: cogimos mi 600 y nos fuimos a la Moncloa. Llegamos allí, a su despacho, y estaba solo, solo. Jamás se me olvidará. La imagen era muy triste, aunque él intentaba aparentar que no pasaba nada».
De esos instantes íntimos también conserva varios Nona Inés Vilariño. Ferrolana, pertenecía a un reducido conjunto de congresistas que con frecuencia eran llamados a la residencia oficial «para decirle a él lo que sus colaboradores oficiales, los fontaneros, no querían o no se atrevían a decirle».
Su ritual de seducción
«Cuando quería hablarte, primero se mordía el labio inferior, te miraba fijamente de frente y luego ya sabías que lo siguiente que venía era tocarte la cara o darte un apretón de manos. Tenía una capacidad de empatía espectacular, hasta el punto de que te llevaba a la convicción: te hacía creer en lo que quería», narra rememorando aquellas reuniones. Y apostilla: «Hay quien dice que siempre estaba en pose. Pero quien lo hubiese conocido de verdad, en la distancia corta, sabe que era absolutamente lo contrario».
Sí era, en cambio, una especie de orgulloso coruñés de adopción, sostiene la diputada de Ferrol. «Galicia estaba para él en el mundo de los afectos. Era su tierra también. De hecho, hasta tenía temperamento gallego», defiende. La versión la corrobora su colega de Vigo, quien cuenta: «Con la gente de Galicia se entendía perfectamente. Era increíble su capacidad para conectar. Las mariscadoras de O Grove, adonde lo trajimos a veranear una vez, lo adoraban. Era un hombre hecho para la gente».
Las dos, Moreno y Vilariño, coinciden en traer aquellos días a estos, la una para combatir un cinismo que la corroe y la otra para añorar a una clase dirigente que una noche se fue a por tabaco y aún no ha vuelto. «Ahora todo el mundo es muy amigo de él, pero entre esos que dicen serlo hubo mucha gente que le dio puñaladas, incluso dentro del partido lo acuchillaron de manera vil», lamenta la primera. «En el cara a cara -suspira la segunda- solía pedirnos: "Decid la verdad, id a los sitios y contad las cosas como son, con coraje". Y eso es lo que tendría que caracterizar a todo político. Ojalá hoy...». Ojalá.