El líder propone y los barones disponen. El loable empeño de Rubalcaba en debatir sobre ideas se ha visto sobrepasado por la realidad. Porque no se puede confeccionar el traje y después buscar a quien encaje en él. La política no se debe reducir a una batalla por el poder, pero las ideas son indisociables de quien ha de defenderlas. Lo contrario es como debatir qué fue antes, el huevo o la gallina. El ejemplo lo tiene en su propia casa, cuando Felipe González forzó el abandono del marxismo con su dimisión en el 28º. congreso. Tan malo es el personalismo como las ideas intercambiables al estilo de otro Marx, Groucho. El liderazgo solo se puede ejercer desde la pasión en las creencias. El PSOE tiene ante sí una ardua tarea: volver a ganarse la confianza de sus electores y de la sociedad en general. Y el primer paso en ese largo camino es recuperar la credibilidad. Para ello necesita una autocrítica real, un proyecto renovado adaptado a una nueva sociedad en una nueva realidad histórica, y un nuevo equipo dirigente fuerte y comprometido con ese programa y con el futuro. Y mientras no haga las tres cosas, todo cuanto diga o proponga solo será un brindis al sol que nadie se creerá.