Un reconocimiento tardío, inconsecuente e insuficiente

Tino Novoa EN LA FRONTERA

ESPAÑA

Está bien que Mariano Rajoy asuma públicamente su equivocación. Ya es un avance tras seis meses de silencio absoluto y años de negación radical de sospechas, indicios y acusaciones. Insidias, según el líder del PP. Vale, aceptemos que así sea. Después de todo, es el presidente del Gobierno y cabe otorgarle más crédito que a un presunto delincuente. Pero esa presunción no nació ayer. Siendo indulgentes, es evidente al menos desde enero. Y en todo este tiempo el líder del PP no ha hecho nada por desfacer entuertos.

Al contrario. Su mutismo, sumado a las contradicciones y medias verdades de otros dirigentes de su partido, no han hecho sino alimentar la fuerza de las sospechas. Hasta el punto de que los ciudadanos, como demuestra la encuesta publicada ayer por La Voz, han invertido la carga de la prueba y creen más a Bárcenas que a Rajoy. Terrible. Pero no es un arrebato de locura colectiva, sino la penitencia que deben pagar unos políticos acostumbrados a negar las evidencias y que jamás asumen responsabilidades. Y que el presidente use como argumentario las palabras de Rubalcaba no ayuda a su defensa, solo contribuye a extender la sensación de que todos son iguales. ¡A tal grado de degradación han llevado la democracia! Pero el examinado ayer era el jefe del Gobierno, no la oposición.

Con todo, el reconocimiento es tardío. Y, además, incoherente, inconsecuente e insuficiente. Porque el suyo no es un error inocente, sino en el mejor de los casos negligente por desidia en la vigilancia. Eso conlleva una culpa. Pero, además, hay equivocaciones que tienen consecuencias graves. En este caso para las instituciones, el erario y la limpieza de la democracia. Así que no basta con pedir disculpas. Ya lo advirtió Rafael Alberti: «Se equivocó la paloma, por ir al norte fue al sur». Y cuando se pierde el rumbo de tal manera el error se paga de alguna manera.

Porque es cuestión de asumir responsabilidades -incluso desde la inocencia-, no de culpabilidades. Una vez más, el presidente lo negó todo sin aclarar nada. Ni sobresueldos ni contabilidad B ni financiación ilegal. Al menos por ahora y mientras Bárcenas no demuestre lo contrario. Que esa es la espada de Damocles que amenaza al presidente. No querer verlo es tanto como negar la realidad.