PP y PSOE se acercan y Cataluña se aleja

El vértigo de lo que hay y de lo que viene permitirá el milagro de que Rajoy y Rubalcaba se hablen y hasta acuerden


Está la política española ahora mismo en una especie de descansillo incómodo antes de reemprender las escaleras hacia la azotea de la crisis económica e institucional. Se diría que en estos días no pasa apenas nada, pero, en realidad, se está rediseñando lo que vendrá a continuación, que, a grandes rasgos, será muy distinto a lo vivido en este primer año y medio de Rajoy: cabe esperar mayor coincidencia entre PP y PSOE, alarmados por la prolongación de la crisis, la deriva independentista de Cataluña, la erosión del prestigio institucional que alcanza incluso a la monarquía y el drástico retroceso de ambos partidos en la intención de voto. Acaso esto último sea lo que los haya movido a reaccionar. El vértigo de lo que hay y de lo que viene permitirá el milagro de que Rajoy y Rubalcaba se hablen y hasta acuerden. Los ciudadanos han perdido confianza en populares y socialistas: reclaman menos bronca, más cooperación y, sobre todo, soluciones. Ante la ausencia de salidas, la crispación se adueña del ambiente. Descargar contra los políticos es fácil y gratuito, excepto para ellos, que soportan la injusta condena del «todos son iguales». Y desde luego que no lo son. La degradación de la profesión la retrata con acidez el portavoz del Gobierno de La Rioja, el brillante profesor universitario Emilio del Río: «Al cambiar la universidad por la política, dejé de ser el doctor Del Río para pasar a ser el hijoputa de Emilio». Sin esperar que le pida permiso para reproducir en esta crónica tan gráfico contraste, añade: «Me lo puedes atribuir sin problema. Así lo veo».

Mientras esa etapa de deseable colaboración PP-PSOE llega, aprovechan los populares para maniobrar desde el Gobierno con la apisonadora de la mayoría absoluta marcando a fuego el territorio. A la renovación del Constitucional nos remitimos. Pero a pesar de las escaramuzas, esa colaboración tácita llegará porque esta crisis no solo ha dañado la confianza en la política y los políticos; no solamente ha puesto en duda el interés de la UE y desacreditado a organismos como el Fondo Monetario Internacional, que ahora confiesa que se equivocó al calcular las exigencias del rescate de Grecia. La crisis también cuestiona la conveniencia del bipartidismo, base de la alternancia en el Gobierno. Y sin el bipartidismo, tan criticable, de momento lo único que se divisa es el desgobierno.

CiU y PSC, desintegración política

Cataluña va por delante en esa descomposición porque Artur Mas es un rehén de Esquerra y su partido, Convergència, a punto está de perder el liderazgo. El lúcido profesor Javier Pérez Royo, al analizar las últimas encuestas que advierten de un triunfo de ERC por encima de CiU, concluye que Cataluña es ahora más ingobernable que al principio de la legislatura y, se atreve a escribir, «se está desintegrando políticamente con el retroceso de CiU y PSC», los dos partidos tradicionalmente de gobierno en esa comunidad. Solo Duran, harto de que en Barcelona lo consideren traidor a Cataluña y en Madrid lo tachen de independentista, quiere frenar la agenda soberanista de Mas, que acaba de programar una exposición histórica titulada España contra Cataluña y lanzar a unos cuantos intelectuales, entre ellos Josep Ramoneda, a predicar en París y otras capitales la bondad de la reivindicación soberanista catalana. El más demoledor con la gestión del líder convergente es Alfonso Guerra, ahora de moda al publicar el tercer libro de sus memorias: «Mas actúa como el calamar, que con la tinta del independentismo quiere tapar su incompetencia en el Gobierno». Alto voltaje en declaraciones y quizás en próximos acontecimientos.

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