Un silencio culpable

Tino Novoa EN LA FRONTERA

ESPAÑA

19 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Rajoy justifica la catarata de recortes que aplica a machamartillo porque es la única manera de recuperar la confianza de los mercados, que es, a su vez, la única vía para conseguir la ansiada reactivación económica. Tiene razón el presidente. E incluso se queda corto. La confianza es la esencia de cualquier relación, el fundamento de cualquier sociedad. Ninguna comunidad es posible si no confiamos en el otro, en que se comportará de acuerdo con las reglas básicas del grupo, en que hará lo que debe y en que lo que dice se corresponde con lo que piensa. Los españoles han dejado de creer en sus políticos porque su comportamiento no hace honor a sus palabras, porque sus vicios ocultos niegan sus virtudes públicas, porque sus promesas se convierten sistemáticamente en engaños, porque su cinismo solo es comparable a la desfachatez con la que persisten en negar la evidencia.

Los tentáculos de la corrupción han asfixiado de tal manera las instituciones que ya no bastan las palabras que nada arreglan y que nadie se cree. Argumentan que los corruptos son unos pocos, aunque emponzoñen la imagen de una mayoría honrada. Es probable que así sea, hay que creer que es así. Pero está tan extendida la impostura, son tantos los hipócritas que han jurado en falso que ya no bastan las palabras ni las promesas vanas. Los ciudadanos necesitan hechos, demostraciones tangibles de que el combate de la corrupción es real. Ningún partido está libre de pecado, y por lo tanto ninguno puede lanzar la primera piedra. Pero si alguien debe ser el primero en hablar, ese es Mariano Rajoy. Porque es el presidente del Gobierno. Y porque, en tanto que líder del PP, el escándalo Bárcenas le salpica directamente. Porque lo ratificó en el cargo, porque lo ascendió y porque lo amparó incluso cuando ya era sospechoso. El silencio de Rajoy es un silencio culpable. Porque no da las explicaciones que debe y porque al callar alimenta el recelo de los ciudadanos. Justo lo contrario de lo que se espera del líder de un país que necesita recobrar confianza tanto como el aire para respirar.