Los españoles ven la Constitución como garantía de libertad. De ahí que la valoren tanto. Porque a lo que jamás renunciará el ser humano es a la capacidad para decidir con absoluta autonomía sobre su vida, a la plena libertad de pensar y obrar. Es la esencia de lo que somos y el trampolín de lo que queremos llegar a ser. Y el trasunto político de la libertad es la democracia, el sistema que convierte en voluntad colectiva la capacidad de decidir del ciudadano sobre los asuntos públicos. Por eso, un régimen democrático no puede reducirse a la mera formalidad del voto cada cuatro años. El gobierno, el poder debe ser ejercido desde el escrupuloso respeto al compromiso adquirido con los electores y siempre en beneficio y en favor del progreso de la sociedad. Vulnerar estos principios es tanto como quebrantar la democracia. De la misma manera que un reconocimiento formal de derechos no equivale a la garantía material de su cumplimiento. La libertad es inconcebible sin una educación de calidad que asegure el pleno desarrollo de todas las potencialidades de cada persona. La libertad se queda en simple quimera si se carece de los recursos materiales mínimos necesarios para la realización personal, si no hay otro horizonte que la lucha por la supervivencia. No se puede hablar de libertad en una sociedad que amenaza con la exclusión a una cuarta parte de sus miembros mientras el 1 % de la población se apropia del 20 % de la riqueza. La injusticia y la pobreza fijan los límites de la libertad. Y sin libertad no hay democracia. Por eso los españoles se sienten insatisfechos con su estado actual.