Entre la variada fauna que pulula por la política hay una especie singularmente peligrosa: la de los mesías. Tienden a sentirse ungidos para una misión divina: guiar a su pueblo hacia la tierra prometida. En su ofuscación tienden al sincretismo, a confundir sus obsesiones con la voluntad del pueblo. Como si fuera un ente orgánico, de pensamiento único y absolutamente cohesionado en pos de un objetivo claramente determinado. Pero esto solo es así en la propaganda. Nada tiene que ver con la realidad. Las sociedades son entidades complejas, en las que se cruzan los intereses, a menudo contrapuestos, y los objetivos no siempre coinciden, por lo que las estrategias son habitualmente el resultado de pugnas y deberían serlo, también, del debate, el diálogo y, en última instancia, un consenso mínimo. Las actitudes mesiánicas obvian estas evidencias y, por ello, acaban o en el delirio autoritario o en el fracaso absoluto. Que es lo que le ha ocurrido a Artur Mas. En su enfebrecida huida de la realidad ha pensado que enfundándose la bandera del catalanismo y del agravio los ciudadanos iban a olvidar los recortes, la sombra de la corrupción y la ruptura radical con el tradicional seny de CiU. Que eso sí que ha sido una traición. Con su arriesgada apuesta, que ha llevado a Cataluña al borde del precipicio, lo que ha conseguido Artur Mas ha sido hundir a su formación hasta cosechar los peores resultados de su historia en porcentaje de voto. Un fracaso histórico en términos electorales y de gobernabilidad. Porque su radicalidad le deja sin apoyos suficientes para sacar adelante los presupuestos y muy lejos de la mayoría excepcional que demandaba para su apuesta soberanista. Y es que el conjunto de los independentistas han perdido peso en el Parlamento y el bloque de quienes apoyan el derecho a decidir se ha agrietado. Artur Mas ha llevado la política catalana a un callejón sin salida que probablemente desemboque pronto en nuevas elecciones. Una irresponsabilidad que tiene un precio: su dimisión.