La peregrinación de empresarios a la Moncloa ayer por la mañana pudo haber terminado perfectamente con una oración, encomendados todos, a la virgen de las reformas. Es la única fe posible para alcanzar la salvación económica. Casi todos los que intervinieron, y allí estaban desde Botín a Alierta -aunque faltaron González, del BBVA, y Roig, de Mercadona-, pidieron una aceleración de las reformas.
De hecho, el último número de la influyente revista británica The Economist apunta a Zapatero como última defensa del euro, porque si cae España, la moneda europea podría desaparecer. «Zapatero» -así lo apoda la publicación- debe acelerar las reformas que frenó «por la huelga de sus amigos de los sindicatos», cuando había comenzado bien en mayo en aquella jornada dramática en las Cortes que un solo voto hubiera malogrado, dado que el PP y la izquierda votaron en contra.
La Bolsa baja y la crisis psicológica aumenta. Son tiempos de decisión y compromiso. Mariano Rajoy se muestra descreído porque estima que «ni los empresarios, ni sindicatos, ni siquiera el PP, pueden devolver a Zapatero la confianza perdida». El problema es que hablamos de confianza en España, no en Zapatero. Aunque bien mirado, siempre es mejor el descreimiento que socavar la confianza-país, como hizo uno de sus vicesecretarios esta semana.
Con todo, parece que en estos tiempos tan difíciles cabe exigirle a Rajoy alguna colaboración. El riesgo de que se lo echen en cara si la catástrofe llega es demasiado alto. «El problema de Rajoy es que no tiene nadie creíble en su equipo en el área económica y en estos tiempos eso es esencial», mantiene el presidente de una empresa tecnológica que cotiza en Bolsa. Rajoy no tiene un Rodrigo Rato, como tenía Aznar. O como Felipe tuvo a Boyer al principio y a Solbes al final. O como Zapatero tuvo a Solbes en su primera legislatura.
Elena Salgado, por desgracia para el país, no juega en la liga de los grandes nombres citados, como tampoco Cristóbal Montoro, que perdió mucha credibilidad con declaraciones medio estrafalarias durante años. Compite con él ahora Esteban González Pons. Es hombre culto y excelente comunicador; antes desconcertaba su silencio, y ahora, sus declaraciones.
Entretanto, José Blanco juega a hombre de Estado entre semana y a látigo del PSOE sábados y domingos. Ayer en Valencia, después de advertir de que «tenemos el enemigo en casa», dijo que «los del PP son el bróker de los especuladores y que para ellos, mejor que España vaya mal». Pero de esta situación no saldremos con declaraciones, aunque algunas ciertamente pueden hacer mucho daño. Saldremos con decisiones y parece que se van a tomar.
Nuevo presidente de Cataluña
Hoy por la noche sabremos el nombre del nuevo presidente de Cataluña -con altísima probabilidad, Artur Mas- y el lunes habrá que contar con él y pedirle que aparque su reivindicación del concierto económico y arrime el hombro. Si se escucha a Duran i Lleida en las Cortes y en privado, eso va a suceder y en ese caso Rajoy quedaría más aislado en su política de no colaboración para salir de la crisis por entender que eso refuerza a Zapatero.
Con el nuevo álbum de cromos políticos en revisión -habrá que colocar el de Mas sobre Montilla- faltará el del presidente de la CEOE, identidad a despejar el 21 de diciembre. Para Santiago Herrero, el tercer candidato a presidir la patronal junto con Banegas y Rosell, «a la CEOE no se le invitó ayer a la Moncloa por el desprestigio acumulado por la institución». La crisis parece que hace hablar claro.
Llega el frío y la helada de la economía se combatirá con el calor que produzcan las reformas drásticas. Se diría que si los empresarios lo pidieron ayer insistentemente y el Gobierno lo promueve, el dibujo de las dos Españas va a tener una nueva línea divisoria: los que proclaman que «reformar o morir» y los que se resisten por interés personal, ideológico o por cálculo político de oportunidad. Recemos a nuestra señora de las reformas.