«El nacionalismo catalán es el más peligroso y no hay que subestimarlo»

Desde su residencia estival de Portosín condensa una realidad nacional, presente y pretérita, planteada con tanto humor como conocimiento de la actualidad


noia/la voz.

Historia viva de España. Además de pieza de la maquinaria que la movió durante la época transitoria que dio pie a la realidad democrática presente. Ministro de Defensa con Leopoldo Calvo-Sotelo, de Industria y Energía primero y de Sanidad después, con Adolfo Suárez. La banca fue otro sector que conoció, ocupando la dirección general del Banco Hispano, aunque el derecho fue su formación. Ingresó por oposición en el cuerpo de abogados del Estado en 1950.

Alberto Oliart (Mérida, 1928) tiene una conversación con la que cincela una vida ligada en lo personal a personajes de la historia política y social reciente de España. Ahora, con 82 años, y un discurso cultivado y exacto, disfruta de los meses estivales junto a su familia en la residencia que construyó hace once años en la parroquia sonense de Portosín. Lugar en el que está terminando de perfilar el segundo tomo de sus memorias: «Cuando tengo tiempo, ya que en este paraíso el día se escapa de entre las manos sin que te des cuenta».

-Con la perspectiva que ofrece el paso de los años, ¿cómo recuerda la etapa preconstitucional en la que usted participó como ministro?

-Lo primero es que mi vida fue semipública, ya que nunca admití ningún cargo que me hiciera jurar los principios generales del Movimiento, con el que no estaba de acuerdo. Yo no podía jurar algo en lo que no creía y eso estaba en mi ficha policial, un documento en donde se me ensalzaba como persona trabajadora y familiar, pero también me definía como demócrata, algo que se llamaba entonces rojo. Incluso ahora para la derecha soy de izquierdas, y viceversa. A lo mejor lo que soy es de centro.

-¿Cuál es para usted el personaje que más influencia tuvo en la consecución de la democracia?

-Sin duda el rey Juan Carlos. Fue la persona más decisiva sobre todo en el 23-F.

-Y en la escena política actual, ¿qué le produce inquietud?

-Hay varias cosas. Entiendo que España es un país plural en cuanto a culturas. En este contexto, hay nacionalismos que son más preocupantes que otros. Por ejemplo, el catalán es el más peligroso y no debemos subestimarlo. Yo estudié en Cataluña y recuerdo cómo a mediados de los años cuarenta mis compañeros hablaban en catalán e incluso leían poesía en catalán. Había algunos separatistas ya entonces. Era un movimiento que solo el miedo de la opresión podía soterrar, pero aun así no lo conseguía del todo.

-¿Cuál cree que es la principal diferencia entre el nacionalismo catalán y el vasco?

-En Cataluña nunca habrá tiros, pero democráticamente son capaces de poner al Estado español contra la pared. En Euskadi es un problema de violencia, pero no tiene la rotundidad de Cataluña.

-¿Con qué presidente de los que ha gobernado España se quedaría?

-Creo que todos lo han hecho bien en ciertos momentos de sus mandatos, pero Felipe González fue un líder que supo ver que Europa era el camino. Además, era un referente entre los jefes de Estado de entonces. Incluso Bush padre lo llamaba para asesorarse en cuestiones de América Central y andina. Recuerdo que cuando salió del Gobierno, el mismo Bush le ofreció irse a EE.UU. y le ponía el rancho en el que vivía a su disposición. Lo mismo sucedió con otros presidentes de Sudamérica, de los que recibió invitaciones para ocupar cargos.

-Hablaba con anterioridad del 23-F. ¿Dónde lo vivió?

-Pues muy de cerca, tanto que pasé la noche con Tejero. Yo estaba sentado en el banco como ministro y estábamos preocupados, pero cuando oímos el discurso del Rey, que fue de boca en boca, comprendimos que la cosa no saldría adelante.

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